Último día del último año

UCAB

Al entrar a la universidad todo se sentía diferente. De un día para otro las cosas habían cambiado de forma radical. El jardín que me recibía tan alegremente desde el primer día, ahora me esquivaba la mirada. Vi la estatua de Andrés Bello y sonreí con el recuerdo de la vez que alguien me advirtió, al verme sentada en uno de los banquitos que la rodean, que de seguir ahí no me graduaría, porque aquello daba mala suerte. Me paré como si me hubiesen echado agua caliente. No era que me creyera ese cuento, no lo hacia para nada, pero mas valía evitar. Luego me enteré de que ese mito era bastante temido, tanto así que los estudiantes de ingeniería no le pasaban ni cerca al monumento.

Subí la cara, buscando refugiarme en el verde de los árboles, pero éstos me parecieron tan indiferentes, que me sentí herida. Quién sabe si por la costumbre de ver cada semestre el continuo flujo de estudiantes, se volvieron insensibles a las despedidas.

Repentinamente, todo mi entorno comenzó a llenarse de un aura particular: ahora veía la biblioteca, la grama, los módulos y todo, con obsesiva atención, como queriendo fotografiar con la memoria cada detalle de aquél momento, como intentando que no se me escapara nada.

Entonces ocurrió, lo comprendí por fin: esa

era la ultima vez que pasaría por aquellas caminerías, rumbo a los salones de Derecho, de mi carrera, mi amada carrera, en mi querida universidad.

Antes hablé tantas veces de ese momento, ese día sería el más liberador de todos. Lo decía siempre, o por lo menos cuatro veces cada año, durante los primeros, los segundos, los terceros parciales y luego en los tediosos exámenes finales. Estaba llegando a la meta ¿no?

¿Por qué ahora sentía lo que sentía?

Se me iba formando un nudo en el estómago, se me erizó hasta el último centímetro de piel e inexplicablemente, sentí una especie de alegría. Rara. Sonreía, pero ¿realmente quería sonreír o lo hacia porque no sabía qué era lo que tenía que hacer? Ya, no estaba alegre. Tampoco estaba triste. Estaba nerviosa, ansiosa por todo lo que ese día significaba.

Ese día era la frontera entre dos vidas, era el faro de Narnia, era un portal que hacía que se encontraran pasado y presente. Y yo estaba a punto de cruzar al otro lado, tenía la obligación de hacerlo, de hecho.

El nudo en el estómago se hacía más fuerte con cada paso que daba. Subí las escaleras, sin ninguna prisa, entré al salón y vi a Luis, mi querido Luis Alfredo, con quien estudié desde primer año. Cinco años conociéndolo. Lo abracé con muchísima fuerza y le dije: “hoy es el último día”.

Una mirada a mi entorno, viendo las caras que me habían estado acompañando durante tanto tiempo, intentando descifrar en sus miradas si, por casualidad, estaban experimentando lo que yo; si tenían dentro de sí por lo menos una vuelta del remolino que a mí me invadía el cuerpo entero.

Por suerte mis pensamientos fueron pronto interrumpidos por la llegada del profesor, quien, sin ánimos de perder un minuto de su valioso tiempo, comenzó una clase de la materia que menos me gustaba pero que aún así disfruté en cada minuto, como si hubiese sido el último bocado de mi plato favorito.

Al finalizar la hora, el profesor decidió pronunciar, a quien quisiera escuchar, algunas palabras, tal vez de despedida o de aliento para el futuro. Y aunque en mí provocaron el efecto de acentuar los síntomas que ya venía sintiendo, lo cierto es que no recuerdo nada de lo que dijo. Es posible que ni siquiera lo haya escuchado. Tal vez yo solo lo sentí.

Con él hicimos una foto grupal – a pesar del odio generalizado que se había ganado a pulso en mi salon -del que nos excluíamos muy pocas personas. Luego de eso, nos despedimos. Cada quien a lo suyo en el tiempo disponible entre una clase y otra.

Yo seguía en estado de trance, sabiendo que lo que se iba era algo que me gustaba. Era real lo que estaba viviendo o era ya solo un recuerdo. Las despedidas se parecen tanto al pasado que a veces resulta difícil distinguir. Tal vez por eso son tan incómodas, porque nos hacen estar en un lugar que no es, indefinido, algo que no existe. “Vendrán cosas mejores”, me dije en voz baja, de forma casi imperceptible.

A pesar de todo, supe reconocer que, aunque raro, aquél día era realmente hermoso, como casi todos los días dentro de mi hermosa UCAB, con su vegetación bien cuidada que hace que el clima se vuelva tan agradable. Un orgullo para los Jesuitas, sí, señor. Por eso es que me gusta tanto la filosofía Ignaciana, porque la excelencia la he visto de cerca, hecha burbuja en medio del terrible caos. Eso es saber marcar la diferencia.

El reloj me indicó que había llegado la hora de la segunda clase. A continuación iría a la última clase del tan esperado último año. Había llegado tan rápido… sin embargo, hacía apenas un mes, parecía que nunca llegaría.

Cuando pasé al salón, sentí que di un salto en el tiempo. Casualmente el salón era el mismo donde, cinco años atrás, había empezado toda mi historia con el Derecho. Recordé que a esa misma aula había entrado el primer día, después de haber estado perdida entre los módulos, buscándola y sin saber con exactitud qué estaba haciendo yo ahí, entre aquella gente que parecía tomarse todo tan en serio. Sabía solo que había un escritor, uno bueno o por lo menos, uno que me gustaba que era abogado y que si él podía serlo y a la vez escribir, entonces a mí también podía resultarme esa fusión de cosas.

¿En qué momento ocurrió entonces? ¿Cuándo empecé a enamorarme tanto de mi carrera? De los libros, de las enseñanzas de los profesores.

Por casualidad o por destino, había llegado justo al lugar al que tenía que llegar. Alguien lo había querido así: era la vida, era Dios, era mi suerte, no lo sé. Pero ahí estaba yo, entrando al mismo salón de módulo cinco, piso dos, donde en algún momento aquella profesora de Introducción al Derecho, haciendo uso de sus dotes de celestina, había dicho, refiriéndose a mi clase y señalando con la boca, que más de la mitad de la gente que ocupaba “esos puestos” no se graduaría, y acertó: algunos cambiaron de carrera, muchos otros se fueron del país, y otros, incluso, decidieron hacer familia.

Cumpliendo las estadísticas de la mitad que si culminaría el quinto año, estaba yo, con mis amigos de siempre, contrariando el mito de la estatua de Andrés Bello. Estaba yo, justo donde empezó todo, ahora culminando la pequeña etapa.

Caminé hasta la primera fila, me senté, VIP, como siempre y escuché la última clase de pregrado.

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