Día de suerte

Escuché su risa detrás de mí, me volteé para mirar de quién se trataba, no nos conocíamos pero entendí que se reía de lo que yo decía, así que la invité a que se acercara y formara parte de la conversación y, de paso, le pedí que me regalara un cigarro.

Hizo lo que le pedí con una naturalidad tal que la escena pareció ensayada; se sentó a mi lado, irrespetando la cantidad de centímetros que comprenden el espacio vital -como creo que le dicen, como le digo yo-. Yo, que era la anfitriona en aquellas escaleras de El Rosal, en una mañana que todavía no terminaba de serlo, le pregunté cómo se llamaba y no sé si me respondió pero de repente yo ya sabía la mitad de su vida y me había invitado a un café,  el cual acepté como si estuviera en la ciudad más segura del mundo.

Luego de aquel primer café -marrón oscuro como siempre- me preguntó si tenía que hacer algo ese domingo, yo supongo que le respondí  que no porque nos fuimos a recorrer Caracas y en un momento estábamos viéndola toda, desde un mirador -al que luego volvimos-.

Ya había salido el sol hacía bastante rato, nos quitamos los zapatos para sentir el piso o simplemente para caminar descalzas o para quitarnos los zapatos. Nos acostamos en la grama para observar las hojas de los árboles que tenían como fondo el cielo y le dije que mi color preferido es el verde y me dijo que el suyo es el azul.

Un instante después aparecimos en su casa buscando ropa para irnos a la playa y cometió la imprudencia más linda de todas: me prestó su cepillo dental, el que usaba para el gym y lo usé como si me acabara de dar un certificado de buena salud. Ese día su hermana comenzó a odiarme y yo comencé a ser más feliz que nunca en la vida.

Durante el camino a la playa me ocupé de verla y pensar en lo bella que era y lo bien que le combinaba la gorra con la franela. Cuando llegamos al mar, nos sentamos en la arena sin decir una palabra, bastaba la vista, la cerveza, la música. Bastaba saber que había una playa y protector solar, buena música y cigarros.

Bastaba mirarla todo el camino de regreso y pensar que había estado siempre por ahí alguien para mí y que ese día le había encontrado… Y terminó aquí el cuentico, como terminan las historias bonitas, verdaderas historias bonitas. Esos tres puntos ahí.

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