Vamos

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Vamos a redescubrir el agua tibia. 

Yo quiero hacer planes como si esto fuera para siempre

Arriesgarme como si jamás el amor hubiera ardido

Como si las lágrimas no se hubiesen convertido en ríos.

Vamos a querernos como si nunca antes hubiésemos querido

A creer en las palabras, a guiarnos por miradas

Vamos a llenarnos del polvo de nuestro propio camino.

Ignoremos el pesimismo ajeno, los vaticinios pesados, las advertencias con buena intención

Que nadie más sabe cómo me has querido esta mañana,

cómo te cuidé ayer por la tarde,

ni cómo nos hemos soñado cada noche.

No escuchemos entonces,

mejor

Vamos a sentir el ritmo de nuestros latidos:

cuando te quedas,

cuando me voy,

cuando nos venimos.

Vamos a cuidarnos como si de ello dependiera la vida

Vamos a querernos como los pingüinos.

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Último día del último año

UCAB

Al entrar a la universidad todo se sentía diferente. De un día para otro las cosas habían cambiado de forma radical. El jardín que me recibía siempre tan alegremente, ahora me esquivaba la mirada.

Vi la estatua de Andrés Bello y sonreí con el recuerdo de la vez que alguien me advirtió, al verme sentada en uno de los bancos que la rodean, que de seguir ahí no me graduaría, porque aquello daba mala suerte. Me paré inmediatamente, parecía más bien que me habían echado agua caliente.

No era que me creyera ese cuento, no lo hacía para nada, pero más valía evitar. Luego me enteré de que ese mito era bastante temido, tanto así que los estudiantes de ingeniería no le pasaban ni cerca al monumento.

Subí la cara, buscando refugiarme en el verde de los árboles, pero éstos se mostraron tan indiferentes, que me sentí herida. Quién sabe si por la costumbre de ver cada semestre el continuo flujo de estudiantes, se volvieron insensibles a las despedidas.

Repentinamente, todo mi entorno comenzó a llenarse de un aura particular: ahora veía la biblioteca, la grama, los módulos y todo, con obsesiva atención, como queriendo fotografiar con la memoria cada detalle de aquél momento, como intentando que no se me escapara nada.

Entonces ocurrió, lo comprendí por fin: esa era la última vez que pasaría por aquellas caminerías, rumbo a los salones de Derecho, de mi carrera, mi amada carrera, en mi querida universidad.

Antes hablé tantas veces de ese momento. Ese día sería el más liberador de todos. Lo decía siempre, o por lo menos cuatro veces cada año, durante los primeros, los segundos, los terceros parciales y luego en los tediosos exámenes finales. Estaba llegando a la meta ¿no?

¿Por qué ahora sentía lo que sentía?

Se me iba formando un nudo en el estómago, se me erizó hasta el último centímetro de piel e inexplicablemente, sentí una especie de alegría. Rara. Sonreía, pero ¿realmente quería sonreír o lo hacia porque no sabía qué era lo que tenía que hacer? Ya, no estaba alegre. Tampoco estaba triste. Estaba nerviosa, ansiosa por todo lo que significaba cada hora que pasaba.

Ese día era la frontera entre dos vidas, el faro de Narnia, era un portal que hacía que se encontraran pasado y presente. Y yo estaba a punto de cruzar al otro lado, tenía la obligación de hacerlo, de hecho.

El nudo en el estómago se hacía más fuerte con cada paso que daba. Subí las escaleras, sin ninguna prisa, entré al salón y vi a Luis, mi querido Luis Alfredo, con quien estudié desde primer año. Cinco años conociéndolo. Lo abracé con muchísima fuerza y le dije: “hoy es el último día”.

Una mirada a mi entorno, viendo las caras que me habían estado acompañando durante tanto tiempo, intentando descifrar en sus miradas si, por casualidad, estaban experimentando lo que yo; si tenían dentro de sí por lo menos una vuelta del remolino que a mí me invadía el cuerpo entero.

Por suerte mis pensamientos fueron pronto interrumpidos por la llegada del profesor, quien, sin ánimos de perder un segundo de su valioso tiempo, comenzó una clase de la materia que menos me gustaba pero que aún así disfruté en cada minuto, como si hubiese sido el último bocado de mi plato favorito.

Al finalizar la hora, el profesor decidió pronunciar, a quien quisiera escuchar, algunas palabras, tal vez de despedida o de aliento para el futuro. Y aunque en mí provocaron el efecto de acentuar los síntomas que ya venía sintiendo, lo cierto es que no recuerdo nada de lo que dijo. Es posible que ni siquiera lo haya escuchado. Tal vez yo solo lo sentí.

Con él hicimos una foto grupal – a pesar del odio generalizado que se había ganado a pulso en mi salón -del que nos excluíamos muy pocas personas. Luego de eso, nos despedimos. Cada quien a lo suyo en el tiempo disponible entre una clase y otra.

Yo seguía en estado de trance, sabiendo que lo que se iba era algo que me gustaba. ¿Era real lo que estaba viviendo o era ya solo un recuerdo? Las despedidas se parecen tanto al pasado que a veces resulta difícil distinguir. Tal vez por eso son tan incómodas, porque nos hacen estar en un lugar que no es, indefinido, algo que no existe.

“Vendrán cosas mejores”, me dije en voz baja, de forma casi imperceptible.

A pesar de todo, supe reconocer que, aunque raro, aquél día era realmente hermoso, como casi todos los días dentro de mi hermosa UCAB, con su vegetación bien cuidada que hace que el clima se vuelva tan agradable. Un orgullo para los Jesuitas, sí, señor. Por eso es que me gusta tanto la filosofía Ignaciana, porque la excelencia la he visto de cerca, hecha burbuja en medio del terrible caos. Eso es saber marcar la diferencia.

El reloj me indicó que había llegado la hora de la segunda clase. A continuación iría a la última clase del tan esperado último año. Había llegado tan rápido… y, sin embargo, hacía apenas un mes, parecía que nunca llegaría.

Cuando pasé al salón, sentí que di un salto en el tiempo. Casualmente era el mismo donde, cinco años atrás, había empezado toda mi historia con el Derecho. Recordé que a esa misma aula había entrado el primer día, después de haber estado perdida entre los módulos, buscándola y sin saber con exactitud qué estaba haciendo yo ahí, entre aquella gente que parecía tomarse todo tan en serio. Sabía solo que había un escritor, uno bueno o por lo menos, uno que me gustaba que era abogado y que si él podía serlo y a la vez escribir, entonces a mí también podía resultarme esa fusión de cosas.

¿En qué momento ocurrió entonces? ¿Cuándo empecé a enamorarme tanto de mi carrera? De los libros, de las enseñanzas de los profesores.

Por casualidad o por destino, había llegado justo al lugar al que tenía que llegar. Alguien lo había querido así: era la vida, era Dios, era mi suerte, no lo sé. Pero ahí estaba yo, entrando al mismo salón de módulo cinco, piso dos, donde en algún momento aquella profesora de Introducción al Derecho, haciendo uso de sus dotes de celestina, había dicho, refiriéndose a mi clase y señalando con la boca, que más de la mitad de la gente que ocupaba “esos puestos” no se graduaría, y acertó: algunos cambiaron de carrera, muchos otros se fueron del país, y otros, incluso, decidieron hacer familia.

Cumpliendo las estadísticas de la mitad que si culminaría el quinto año, estaba yo, con mis amigos de siempre, contrariando el mito de la estatua de Andrés Bello. Estaba yo, justo donde empezó todo, ahora culminando la pequeña etapa.

Caminé hasta la primera fila, me senté, VIP, como siempre y escuché la última clase de pregrado.

26

rain dropLas semanas previas al 26 de agosto del año 2017, Caracas había comenzado paulatinamente a perder su aroma. Cada vez era más difícil disfrutar de su característico olor a tierra mojada, o deleitarse la imaginación con la brisa del pan recién horneado en las mañanas.

Pero peor que eso fue caer en cuenta de que también se estaba quedando sin colores; estos perdían vida con una rapidez inexplicable.

Tenía la impresión de moverme bajo un cielo blanco, entre calles grises y de estar rodeada de árboles negros. Además, como si lo dicho fuera poca cosa, la comida, qué insípida resultaba. Era como si los suelos hubieran dejado de aportar nutrientes y todos los cocineros se hubiesen puesto de acuerdo en dejar los alimentos sin sal, sin azúcar, sin condimento alguno.

Yo hacía buen juego con la ciudad: triste, incolora y en la mirada se me veía la desesperación de los animales que se saben prontos a la muerte. Puede que fuera posible adivinar el insoportable nudo que me comprimía el estómago, anticipando el fin, con solo tenerme en frente.

Mientras ese fin no llegaba, el mundo se esmeraba en ser desesperadamente aburrido y lento. Cada día competía con el anterior por la categoría de “peor día del año”.

Hasta que, finalmente, la profecía auto-cumplida se verificó. Llegó el día ganador, el peor del año, fatídico, el último: el veintiséis de agosto.

Y con su llegada, cosa curiosa, se suprimieron gris y blanco y quedó solo negro. Todo se volvió oscuro, tenebroso.

No se puede ver nada en esas circunstancias, solo es posible sentir. Tristeza, miedo. Llanto.

Alguien le quitó el oxígeno a nuestra relación en coma. ¿Yo la quería seguir teniendo así? Cómo saberlo. Pero era lo más fácil. Por más que buscaba no terminaba de encontrar el valor suficiente para dejarla ir, para autorizar su partida.

Para eso recibí tu ayuda. Esa clase de ayuda que al momento no se sabe agradecer y te preguntas por qué lo hizo, cómo pudo.

Comencé a detestar la fecha. Cada veintiséis nos separaba otro mes y yo ya veía con malos ojos el número.

Así como para los pitagóricos, las cifras para mí siempre han tenido un significado simbólico. Hay dígitos que me gustan mucho y otros que no tanto… pero a éste, al veintiséis, lo detestaba. Se convirtió en mi enemigo acérrimo.

Lo que yo habría dado por poder saltar, por ejemplo de martes 25 a jueves 27… habría sido maravilloso.

No podía hacerlo. En cambio, cada mes a alguien se le ocurría preguntar “¿qué día es hoy?” Y yo respondía “miércoles”. Entonces insistían “pero, ¿qué fecha?” – Veintiséis, decía, disimulando mi molestia absurda con una sonrisa mal elaborada.

Qué bueno que exista el llanto. No era necesario salir a buscarlo con la esperanza de sanar, no. Cualquier canción, sin importar su género, era capaz de exprimirme como una naranja de jugo. La alusión a una serie que te gustara, una película cómica, la multitud de faros en tráfico en las noches. Mil detonantes de recuerdos por metro cuadrado. No, esas calles no las caminé contigo pero ¿Cuántas veces pensé en ti, mientras las andaba?

Claro que sirvió llorar. Si yo pudiera le tendría un altar al llanto, es de lo más útil que hay.

A mí me iba limpiando, con muchísima cautela, la mancha negra que había caído sobre mi entorno. De forma casi desapercibida, con la paciencia y el poder que solo tienen las gotas de agua capaces de moldear montañas.

Una tarde, vi interrumpido el negro cielo, por el rojo vivo de las alas de una guacamaya. La reconocí de inmediato.  Había perdido la cuenta de cuánto tiempo tenía sin ver esos animales. Seguro estaban cerca de mí, pasando desapercibidas. Sin color, podían ser lo mismo una guacharaca que un buitre.

Con los días me desperté contenta porque alguien estaba haciendo café muy temprano y ese olor me fascina desde niña. Ya por la tarde encontré sabor en la cena y comencé a sentir que estaba regresando a alguna parte.

Poco a poco aparecieron nuevos colores. Incluso, me atrevo a decir, que con mayor intensidad que antes. El verde… Dios, cuántas tonalidades existen. Y el cielo volvía a ser azul, pero el azul ahora era mucho más hermoso.

Me encontré descubriendo nuevamente el mundo, con espíritu infantil. Explorando con los cinco sentidos. A esto se refería Heráclito cuando decía que no se puede disfrutar de la salud sin conocer la enfermedad.

No fue tan malo lo que nos pasó, me he dado cuenta.

Días atrás, estaba cantando, a todo pulmón, “Cheque al portamor” de Melendi y en una frase de la canción lo entendí todo: Aunque pensándolo bien ¿Cuál habría sido nuestro futuro? Esto, solo esto. El resto de la letra no nos queda. Pero esta partecita me hizo comprender que tú tenías razón, que no tenían sentido mis ganas de prolongar nuestro viaje. Que fue verdad lo que dijiste, tú y yo no nos conocíamos tanto.

Nos hiciste un favor desconectando.

Comencé a preguntarme si esa fecha, el veintiséis, merecía tantos malos tratos de mi parte.

¿Y si, contrario a lo que yo pensaba, no era un mal augurio sino símbolo de buena fortuna? Y si no había traído mala suerte a mi vida sino lo contrario.

La vida tiene esos atajos que a veces cuesta tanto entender, y vamos por ellos solo porque no nos queda opción, para luego darnos cuenta, al llegar al sitio, que no había mejor manera.

¿Son obsequios? Cómo saberlo. Pero, sin duda, hay señales que llegan más claras que otras.

Conocí a alguien. Van varias semanas que salimos. Me dijo que desde hace tiempo quería saber mi nombre pero no se atrevía a hablarme. En una de nuestras conversaciones me preguntó qué día cumplo años.

– El 15 de febrero, respondí. – Y tú?

– El 26 de agosto.

Interpretaciones

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Llega un cliente a la oficina de un abogado buscando solución a su problema. El jurista escucha con muchísima atención y, al final de todo el cuento, le dice: – Señor, le tengo una buena y una mala noticia ¿cuál quiere primero? – la buena, por favor, se escucha como respuesta. – Pues bien ¿ve todos estos libros que hay en mi biblioteca?

– Sí, claro. Son muchos.

– Perfecto. La buena noticia es que en la mitad de ellos, se le da la razón a usted.

– Qué maravilla! -responde el entusiasmado cliente. Y luego agrega: – Pero… ¿cuál es la mala noticia?

– Verá, responde el profesional del Derecho, la mala noticia es que, la otra mitad de los libros, se la quita.

Este es uno de tantos “chistes malos” que se escuchan entre abogados. Es malo, sí, puesto que no genera ni un gramo de risa; de lo que no estoy segura es de lo acertado que resulte llamarlo chiste. Yo diría más bien que es un cuento corto con moraleja para el que tenga el ánimo de ponerse a echarle cabeza.

Hace unos días me atacó una ráfaga de nostalgia tan tenaz que no pude resistir la tentación de invitar a mi hermana a jugar “Tarzán” en un viejo PlayStation que guardamos desde hace una cantidad incalculable de años. Ella aceptó mi propuesta encantada.

Digo con honestidad que no me cabía la emoción en el cuerpo y es que no podía ser de otra manera; ese videojuego fue parte esencial de mi infancia. Desde el segundo en que comenzaron las imágenes y los sonidos del niño simio, comencé a sentir cómo la adrenalina me corría por la sangre mientras arrojaba peras a los mapaches que obstaculizaban mi andar.

De forma inconsciente comencé a temer la llegada del llamado interruptor de mi madre indicándome que tenía que comer o bañarme. Pero lo que llegó fue un comentario de mi hermana que detuvo abruptamente el viaje de mi máquina del tiempo y me trajo de vuelta al presente. “Qué mal que Tarzán mate a los animalitos”. Stop.

– Hay un dibujo de Banksy que me gusta mucho en el que un policía sostiene un honguito con su mano izquierda y con la derecha señala a Mario indicándole que no debe infligirles daño, comenté. 

– Sí, lo he visto – respondió mi hermana- pero creí que el diseño quería mostrar, a modo de protesta, una escena en la que un oficial confisca a Mario sus alucinógenos.

– Bueno, esa podría ser también la explicación, comenté. Y no dije nada más al respecto, pero comencé a pensar en el mágico mundo de las interpretaciones.

Como ya tenía esta idea en la cabeza, quise hacer un experimento. Al día siguiente, vi un tweet que decía: ¿Realmente crees que alguien te va a querer así? Seguido de un vídeo en el que un perro reclamaba, con muchísima insistencia, la atención de su dueño, quien hacía el mayor esfuerzo por mantener una conversación con algún amigo.

El animal lo veía, se acercaba, lo tocaba con las patas, hasta que, finalmente se acostó sobre el hombre para que éste no pudiera hacer más que notar su presencia. Entonces el dueño, sin poder resistir, lo abrazó con infinito cariño.

A mí el vídeo me causó risa, puesto que entendí, por el copy, que se trataba de una pregunta sarcástica, en la que se inquiría la posibilidad real de que una persona extremadamente intensa y demandante de afecto pueda encontrar el amor. Mentalmente completé la frase “crees que alguien te va a querer así” con un “así de fastidiosa como eres”.

Consideré que era un material interesante y lo compartí de forma privada con dos personas. Ambas respondieron el mensaje con risas y señales de ternura. Pero entonces, yendo un poco más lejos, les pregunté su opinión con respecto a lo que acababan de ver, con el fin de saber si ellas habían entendido exactamente lo mismo que yo.

Las respuestas me confirmaron que, lo que a mí me pareció tan obvio, no lo era tanto.

La primera interpretación que recibí entendía que la interrogante “¿crees que alguien te va a querer así?” tenía un trasfondo romántico, que hacía referencia a la meta de encontrar una pareja que te quiera tan bonito como el hombre del vídeo quiere a su perro.

La segunda interpretación tenía una connotación pro fauna, con fuerte simpatía por la fidelidad canina. Según su autora, la pregunta “¿crees que alguien te va a querer así?” se refiere, obviamente, a la imposibilidad de que un ser humano te ame con tanto fervor como lo haría tu perro.

¿Alguien podría decir que alguna de las interpretaciones es errada o que una es más válida que otra? No lo creo. En mi opinión, las tres tienen muchísimo sentido. Y, sin embargo, al comienzo, cada quien dio por sentada una única explicación.

La semana pasada, en el primer recital de poesía al que he sido invitada, decidí contarle a mi público la historia detrás de cada poema o relato que iba diciendo. Para el segundo recital, por el contrario, elegí reservarme los motivos que me llevaron a escribir cada cosa. Pensé, esta vez, que no debía limitar las posibles interpretaciones de mis lectores.

Cada imagen, cada palabra, cada poesía puede ser una y un millón de cosas al mismo tiempo. Por eso es bello escuchar y leer, porque encontramos muchas nuevas opiniones, porque entendemos que sería absurdo que la nuestra fuera la única, y aceptamos que la validez del pensamiento ajeno, no elimina la del nuestro, por el contrario, lo alimenta y nos educa: dejamos de asumir y comenzamos a indagar. ¿Qué es lo que el otro tiene que decir? Y luego ¿Qué es lo que realmente quiere decir? Si para mí no tiene razón ¿la tiene acaso para alguien más?

En la búsqueda de una respuesta encontraremos que, de una totalidad de cien libros, cincuenta nos darán apoyo y otros cincuenta nos lo quitarán. Pero lo verdaderamente interesante es que en todos ellos hallaremos una motivación distinta.

Y como conclusión tendremos que lo obvio no es tan obvio y el sentido común, no es tan común como parece. 

Sol para los días nublados

Sarirouge

En el momento en que dejé de pisar asfalto y comencé a sentir la tierra fresca bajo mis pies, comprendí que estaba donde tenía que estar.

Mis ojos se reavivaron mientras exploraban la infinidad de verdes a su disposición; mi piel descubierta se alimentaba de sol caliente y comenzó a invadirme el olor a tierra mojada, mezclada con cortezas de eucalipto, aliviante como el aroma del café por la mañana. Se me impregnaron los oídos del canto de los pájaros y de las chicharras, del crujir de las hojas secas con cada uno de mis pasos que me alejaban con prisa del ruido imparable de la ciudad.

Pensé en ti, en las palabras que me habías escrito hacía unas pocas horas. Seguro que no me habrían causado tanto efecto si hubieran llegado de cualquier otra persona. Pero cuando se trata de ti todo se vuelve muy serio.

Respiré profundo y seguí subiendo. Alcé la cara y pude notar el paisaje que se me estaba regalando. Vi el azul intenso del cielo; las copas de los árboles, llenos de color gracias a la lluvia; y, abajo, la ciudad, que desde la altura y la distancia, parecía silenciosa, indefensa, como una peligrosa fiera amarrada, incapaz de atacarme.

Di gracias a Dios por ese momento. Y recordé que empecé esa práctica desde el domingo en que te conocí. Me pareció curioso. Entonces, era tan increíble el hecho de haberte encontrado que no paraba de sonreír y de agradecer a la vida por tu presencia. Sin embargo, hubo un tiempo en que dejé de hacerlo: cuando te fuiste. Sé por experiencia que no siempre tenemos la disposición para estar felices.

Llegué al altar que está en la cima y me persigné ante la virgen de La Milagrosa. Tenía muchísimas flores y un par de velitas apagadas por el agua. Hice mi sólito saludo y seguí hasta el chorro a tomar agua y lavarme la cara. Di una mirada a mi alrededor, divisé un lugar sombreado y ahí me acosté a ver el cielo lleno de hojas que brillaban como estrellas.

Me sentía contenta. Estaba siendo feliz con nada, como dirían algunos. Pero la verdad es que yo estaba siendo feliz con todo; con cada parte de mi cuerpo, con el sinfín de los regalos de la naturaleza, con la combinación de todo eso.

Hablabas de depresión… y esa palabra ya he empezado a tratarla con cuidado. Me ha tocado aprender que no es cosa de poco, que no se está desanimado por gusto. 

A esa enfermedad le ha dado por atacar con crueldad a los venezolanos: a unos porque se quedan y a otros porque se van.  No sé cuál pueda ser la cura; sé de sobra que no se espanta con frases de autoayuda, pero no por eso me voy a abstener de decirte que hay un montón de cosas que puedes hacer para defenderte de sus garras. 

Me hablaste del documental de Netflix sobre Avicii, el DJ que se quitó la vida porque no lograba encontrar la paz y comentaste que ahora podías entender esa incapacidad de encontrar la felicidad.

Un rayo de sol me llego a la cara, volví a mirar a mi alrededor y tuve el profundo deseo de hacerte una transfusión de calma. Sentí las piernas atadas por no poder correr a darte un abrazo. Quisiera ser yo un rayo de sol y llegar hasta ti ahora.

Quisiera iluminarte y que recuerdes que no eres la tristeza que tienes en este momento, todo lo contrario. Eres la viva imagen de la alegría. La felicidad la he visto en tus ojos demasiadas veces, como para saber que vive dentro de ti. Hay que buscarla.

Te ofrezco mi mano. Imagina que estoy contigo. A mí me funcionó todas las veces que me consolaste el llanto porque te habías ido. Tú seguiste estando conmigo cada vez que las dificultades me desbordaron, diciendo que me levantara, que las cosas mejoran si uno se empeña en que lo hagan. Y confié en ti porque nunca mientes; creí ciegamente en tus palabras: siempre sale el sol luego de los días nublados.

Confía ahora tú en mí, en que la felicidad está más cerca que a la vuelta de la esquina. Está en tus oídos que escuchan la voz de los seres que amas, está en el calor de los abrazos de los nuevos amigos, en las ardillas de los parques, en los pedales de tu bicicleta.

Está en estas letras que pretenden mostrarte que siempre me tendrás, que el amor es como la materia, no se extingue jamás, solo se transforma. Que yo te ayudaría incluso a matarte si me lo pidieras pero que no te permito hacerlo sin antes volverme a ver.

Y que si el túnel se te va haciendo demasiado largo, sientas mi mano que te lleva, que no importa que no veas, solo ten la certeza de que habrá luz más adelante.

Pronto sentirás la claridad del amanecer. Vas a sonreír por fin, abrirás los ojos y lo oscuro será un aprendizaje. Mañana tal vez sea yo quien pierda el rumbo, pero sé que tú vas a estar para mí como un ángel que me guíe, invitándome a leer este escrito, recordándome que los malos momentos hacen parte de la vida pero no la definen por completo. 

Déjame recordarte, hoy, que el mundo, levantado con cuatro manos es menos pesado.

Fíjate, no es tan malo ser lluvia si tienes un sol para hacer un arcoíris.

 

 

 

 

Mi principito

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Hoy les quiero contar una historia detrás de otra historia: el tras cámara de cada primera vez que leí un librito mágico llamado “El Principito”.

Haré una que otra afirmación que podrá parecer bastante descabellada. En efecto, las palabras que vienen, llegan cargadas de ganas de saltarse cualquier obstáculo de lógica que encuentren en el camino.

Puestos los eventos en orden cronológico, en la medida de lo posible, puedo decir que mi primer encuentro con el principito, ocurrió muchos años atrás, cuando yo era todavía una niña.

Fui seducida por el lenguaje universal de los dibujos y por la simplicidad de las palabras, así que al terminar de leer, estaba muy satisfecha, como cada vez que acababa un bonito cuento infantil.

No obstante, más allá del beneficio neto de acercarme un poco más al hábito de la lectura, no significó un cambio particular para mi vida.

Años después, volví a encontrar al despeinado principito en una feria de libros. Al verme, se acordó inmediatamente de mí y me sonrió con entusiasmo. Yo ya no recordaba muy bien quién era… la verdad es que, para el momento, solo sabía que era un niño famoso.

¿Qué tal si te llevo conmigo y nos conocemos nuevamente? – pregunté. Y su mirada me hizo entender que la idea le divertía. Así que salimos juntos de aquella feria y media tarde nos bastó para ponernos al día.

Recuerdo que al abrirlo aparecieron ante mis ojos, nuevamente, dibujos curiosos que habitaban sus páginas. Y, debo admitir, con muchísima vergüenza, que mi mente, contaminada por los años, no vio más que un vulgar sombrero ahí donde había una serpiente que acababa de tragar a un enorme elefante.

Para poder entender las imágenes me ayudaron las palabras de mi rubio amigo, que supo explicarme pacientemente el porqué de cada cosa.

Cada vez que pasaba a la siguiente página, él me iba regalando llaves capaces de abrir puertas inútilmente cerradas. Me llevó, por los caminos verdes, lejos del tráfico de las opiniones rígidas, a la comprensión de asuntos que hasta ese momento parecían demasiado complicados.

Sentí que tenía en mis manos un mapa que mostraba la ubicación exacta para encontrar la felicidad.

Meses después de cerrar el libro, hallé una rosa, la cual ya desde el comienzo dio indicios de no ser muy similar al resto; pero en la medida en que fuimos pasando tiempo juntas, la diferencia fue creciendo siempre más, hasta que un día, mi rosa, era la más especial de todas.

Pero eso sí, continuamente decía cosas que me enloquecían de rabia, de celos o de ganas de arrancarla de raíz de mi planeta y dejarla a merced del viento.

Sin embargo, antes de tomar cualquier decisión apresurada y sin ningunas ganas de hablar con nadie sobre el asunto que me tenía tan mortificada, acudí al amigo más discreto que he encontrado.

Y al volver yo, lo encontré a él sonriente, sentado bajo un árbol, feliz porque desde temprano sabía que lo visitaría. Me recibió con un abrazo de esos que te hacen sentir que todo va a estar bien y me invitó a sentarme a su lado.  

Al escucharlo se me llenaban los ojos de lágrimas, porque me hacía entender, con sutileza, lo tonta que estaba siendo al fijarme en las palabras ligeramente pronunciadas por mi rosa, en lugar de valorar todas sus acciones. Con cada línea me decía que en todos los rosales del mundo no existía una flor más especial que la que yo tenía.

Me sentí tan conmovida que interrumpí la lectura para escribir un tweet en el que solo decía: quiero una compota. Esto porque en mis momentos más sensibles siento la imperiosa necesidad de saborear alimentos que me recuerden los despreocupados días de la infancia.

Luego de eso cogí una pluma y retomé mi lectura con el ánimo de hacer anotaciones de todo lo que me dijera mi pequeño amigo.

Cada reflexión sobre la rosa, el zorro, los habitantes de los demás planetas, llegaban a mí como un mensaje claro con respecto a algún punto de mi vida, especialmente con respecto a esta flor que me tenía la mente hecha un desastre.

Hice muchísimos comentarios, con bolígrafo, usé colores, resaltadores y todo lo que tuve a mano que pudiera evidenciar la importancia de cada palabra.

Al final de mi lectura, me había convertido en la autora de un Principito comentado, con un dibujo adicional: una sonrisa gigante en mi cara, de esas que nacen solas cuando sus dueños encuentran  soluciones a los problemas que tenían.

Hallé libertad en las hojas de un libro y estaba dispuesta a hacer alguna cosa que revirtiera el efecto de la actitud adversa que había estado teniendo hacia mi inocente flor.

Vi mi teléfono y tenía un mensaje que decía: baja. Con un poco de nervios seguí las escuetas instrucciones; bajé las escaleras hasta el estacionamiento del edificio. La segunda orden que recibí fue: abre la maleta del carro. Y otra vez la cumplí al pie de la letra.

Me acerqué, abrí la puerta y adentro estaba una caja de compotas.

-“Bájalas rápido que solo tengo cinco minutos”, me dijo. Era mi rosa. 

Nunca olvides que te quiero

elsarirouge.com

Hay amores que llegan de prisa y se van rápidamente. No necesitan ni de años ni de meses, resuelven las cosas con semanas o incluso días. Y, en situaciones extremas, se las arreglan con un par de horas para cambiar una vida por completo.

Esto lo aprendí muy joven, gracias a Fernando, mi abuelo, a quien perdí demasiado temprano, pero que, con poquísimo tiempo, logró hacerse inolvidable.

Me enseñó también a creer en el amor a primera vista ¿Cómo no hacerlo si lo quise desde el primer momento? Además, cada vez que pensaba que no podía quererlo más, él expandía mi capacidad de amar en un nuevo encuentro.

Conocía demasiados trucos para atrapar cuantos corazones encontrara a su paso. Su sentido del humor era infalible. Tuve siempre la impresión de que llegar a la luna era una misión ligera comparada con la imposibilidad de permanecer inmune a su sonrisa encantadora.

Siempre estaba muy bien preparado para librar las batallas que lo hicieran quedarse con el puesto de abuelo favorito. Se valía de ofertas ultra secretas para ir a comer helados, de escapadas a McDonald’s e incontables atenciones que convertían cualquier lunes en el mejor día de la semana. 

Negaba hasta el fin las prohibiciones del médico con respecto al azúcar, se saltaba el tratamiento para alargar los viajes a la playa y hacer más efectivas las lecciones de pesca. Dedicaba su tiempo, por completo, a hacernos felices.

También yo quise tener un bonito detalle con él y no me pareció para nada exagerado ofrecerle uno de mis riñones, al enterarme de que lo necesitaba. Recuerdo cómo se limpiaba las lágrimas con sus manos gorditas, al escuchar mi propuesta. Nunca entendí el motivo de tanta sorpresa, ya se había quedado con mi corazón entero, que tuviera ahora otro órgano de mi cuerpo no marcaba demasiada diferencia.

Me dijo que mis riñones eran muy pequeños para él y que por eso no los podía tomar prestados. Pero me consoló con la promesa de que encontraría el riñón de un malandro y que se convertiría en el abuelo más fuerte, con más vidas que siete gatos.

Y con sus palabras nacieron nuevos planes. Mis hermanos y yo, acuarianos por herencia astrológica del abuelo, nos pusimos en acción imaginando el futuro:

Estuvimos todos de acuerdo en que habría que hacerle un cambio en el cabello para que su imagen fuera acorde con la motocicleta que se compraría luego del transplante. Lo mejor sería cambiar el blanco de sus canas por colores vivos como azul y rosado. Y, por supuesto, le compraríamos una chaqueta de cuero negro.

Además le haríamos una cresta igual a la de mi caballo. El caballo que él mismo me regaló cuando le dije que soñaba con tener uno de esos animales. No llegué a conocerlo jamás, aún así, era mío y todavía hoy la canción del Rucio Moro me hace pensar en mi fiel caballo blanco que me esperaba impaciente en alguna sabana del estado Monagas.

Me sigue dando gusto saber que tuve un caballo del color del cabello de mi abuelo.

Es que su cabello era particular, se le podía reconocer a cien metros de distancia. Una vez lo divisé llegando a su oficina con una hamburguesa en las manos, iba entrando al ascensor cuando lo atrapé. Yo había ido precisamente a llevarle comida sana. Al verse descubierto en medio de una travesura, argumentó que la hamburguesa era para “media res”, su secretaria, que estaba un poco pasada de peso. 

Supongo que fue por esa costumbre suya de hacer bromas constantemente que me costó tanto creer que su funeral no era otro chiste más. Mi abuelo estaba loco, la posibilidad existía.

Ese fue el motivo principal de que no me quisiera separar de él en ningún momento; esperaba que en cualquier instante me hiciera un gesto de complicidad, dejándome entender que estaba satisfecho porque todos creyeron que de verdad se había muerto.

Quería decirle que estaba ahí, con él, que no lo dejaría solo. Y que no me molestaría por la desmesura de su juego. Solo quería saber que estaba vivo.

Lo miraba mientras le daba golpecitos al vidrio que lo cubría. Con los nudillos de mi mano derecha repetía los toques que usábamos para llamar a las puertas: tres rápidos y luego otro más. Él tenía que responder “¿Santo y seña?” pero no lo hizo jamás.

De la noche a la mañana dejé de tenerlo.

La noche antes de su muerte le escuché decir “por favor, nunca olvides que te quiero” y a la mañana siguiente solo oí “murió Fernando”.

Sobre esa frase suya se dijeron tantas cosas… dijeron que tal vez él había presentido todo, que sus palabras eran una despedida. Especulaciones sin fundamento. Yo conocí muy bien a mi abuelo como para saber que él no tenía ni la más remota idea de que esa noche moriría. Ese hombre se creía inmortal.

Lo que dijo, lo dijo porque, si había algo que sabía hacer era querer. Todo el amor que sentía lo entregaba en el momento, no esperaba la próxima ocasión.

Y esta fue su enseñanza de último momento: hay que decir “te quiero” mientras se quiera y no por temor al futuro sino por amor al presente.

Llevó años dejar de esperar que tocara a la puerta nuevamente, sonreído, diciendo que su desaparición había sido una broma. Ahora solo confío genuinamente en la posibilidad de volver a verlo algún día en las sabanas del cielo junto a mi caballo blanco.

Pero si eso no fuera posible, abuelo, te pido que, por favor, nunca olvides que te quiero.

CUENTABESOS

Para hacer más evidente la injusticia del castigo que acababa de recibir, me quité el suéter, lo doblé para que sirviera como almohada y me acosté solitaria e indefensa en el piso del salón, en una esquina destinada a los niños insurrectos.

Sin embargo, el drama de mi actuación no consiguió captar la atención de ningún espectador. A la maestra le resultó igual que yo usara un pupitre o el mismísimo piso durante el tiempo que durara mi castigo.

En el momento en que empecé a resignarme a la idea de que a nadie le importaba mi tragedia, pude notar que no estaba sola en la isla del olvido, me acompañaba un niñito tímido con el que nunca había intercambiado palabra alguna. Tal vez por la costumbre innecesaria de separar los cuartos de juegos para niños y niñas o simplemente porque él no era particularmente conversador.

“Así que no eres tan bueno como pareces”, pensé. Y reconociéndolo como semejante lo invité a compartir almohada conmigo.

Me hizo caso. Puso su cuerpo junto al mío y nos miramos a la distancia en que se mira en una almohada compartida. Me quedé observándolo: jamás había visto unos ojos tan hermosos. El reflejo de la luz les dibujaba estrellas sobre un intenso negro; parecían portales hacia el universo entero. Desde ese momento, su mirada se convirtió en mi lugar preferido.

He escuchado hablar de una leyenda japonesa según la cual, las personas destinadas a estar juntas, están unidas por un hilo rojo que jamás se rompe. Y no deja de parecerme curioso el hecho de que los hilos con los que estaba tejido mi suéter-almohada, eran de ese color, precisamente. No me extrañaría que esos hilos hayan sido los responsables de que nuestros mundos se unieran así, tan de repente.

Recuerdo poco sobre aquel día. Además de los hechos que he narrado, puedo estar segura únicamente de que no lo besé en ese primer encuentro. Lo sé porque no hacerlo fue una verdadera proeza.

En muchas oportunidades imaginé las circunstancias en que ocurriría nuestro primer beso, por lo que ya no sé distinguir entre recuerdos reales y ficticios. Entiendo entonces que no tuve uno solo, sino que tuve una etapa entera de primeros besos. Y de esto tengo muchísimos recuerdos. Recuerdo, por ejemplo, todas las artimañas de las que nos valíamos para tener aunque fuera un minuto de privacidad.

Para nosotros jugar el escondite con los demás compañeros, nunca fue solo una actividad recreativa, no, de hecho era el momento más idóneo para poder estar juntos, ocultos debajo de algún escritorio sin que a nadie le pareciera algo insano.

Nos nos molestaban en lo absoluto las tareas para la casa, aprender juntos era un verdadero placer. Yo leía cuentos para él, casi siempre de terror para morirnos de miedo y abrazarnos más fuerte. Teníamos un suéter gigante en el que entrábamos los dos y era perfecto para ver películas tomados de las manos. Dibujábamos uno al lado del otro y nos mirábamos con complicidad. En cada hoja de cuaderno había una cifra anotada: la cantidad de besos que nos habíamos dado ese día, la cual se sumaría a los números de los días anteriores.

Con imaginación creamos un mundo propio en el que no podía entrar ningún elemento externo; nos cuidábamos mutuamente y protegíamos con celo nuestros cuadernos cuentabesos. Los número eran importantes porque, por algún extrañísimo motivo, estábamos totalmente convencidos de que los besos se nos acabarían en cualquier momento. Tal vez por ese refrán de que lo bueno dura poco y tal vez porque para nosotros no existía algo mejor que el acto de besar.

Llevábamos ciento diecisiete cuando comenzamos a temer su fin, de manera que nos prometimos que jamás desperdiciaríamos besos con terceras personas. Y para comprobar la seriedad de nuestra promesa y, de paso, acabar de una vez por todas con la aniquilante ansiedad, planificamos besarnos hasta que se nos acabaran los besos.

Y juro que estuvimos al menos dos horas en esa misión antes de descubrir que nos podíamos besar por toda la eternidad si así lo queríamos, puesto que los besos eran infinitos.

No cabe duda de que, si cada cabeza es un mundo, la de los niños es un universo entero en donde lo absurdo no existe y cualquier cosa es perfectamente posible.

El sentido común es cosa de adultos complicados; en el mundo de los niños es todo más parecido a los cuentos de hadas, existe la magia, los milagros son lo cotidiano y aplican las leyendas japonesas.

Ahora puedo comprender que no estábamos equivocados al pensar que los besos tendrían fin, en efecto lo tuvieron. Pero nosotros no incumplimos nuestra promesa. La verdad es que nos dimos todos los besos que teníamos para darnos y luego de eso, pudimos descubrir la segunda parte de la historia, interesante también: el cuentabesos se reinicia.

Y cuando eso pasa, puedes descubrir nuevas estrellas, ahora en las pecas de una nariz y el universo lo encuentras en unos ojos marrones. Vuelves a sentir, nuevamente, que no tendría sentido besar otros labios que no sean los que estás besando justo ahora, porque aunque los besos nunca acaben, igual sería un desperdicio.

REENCUENTROS

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Los historiadores afirman que el hombre, desde su aparición en la tierra, ha tenido la necesidad de dejar rastro de su existencia. Por ello, desde tiempos remotos, comenzó, como pudo, a marcar cada sitio que iba ocupando.

Los libros de arte, por su parte, explican las más antiguas y primitivas representaciones gráficas, como producto del eterno amor a la belleza y la natural ambición de crear que tenemos todos los seres humanos.

Por otro lado, y aunque el inicio de la evolución de la escritura se verificó por la necesidad práctica que tuvieron los sumerios de dejar constancia de sus actividades comerciales, con el paso de los años han ido aumentando las causas que nos llevan a escribir. Yo agrego, por experiencia propia, la voluntad de guardar una pequeña parte de nosotros mismos para poder encontrarnos, si acaso un día volvemos tras nuestros pasos.

Así, por ejemplo, todos podemos acceder al día a día de Anna Frank, esa niña judía que durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que vivir escondida de los militares alemanes y que incluso en esas circunstancias se dedicó a escribir, con lo cual logró dejar evidencia de su vida y ahora, tantos años después, cualquier persona, puede entrar a su mundo y presenciar su evolución intelectual y espiritual, además de su talento como escritora, el cual fue mejorando página a página.

También yo en la adolescencia comencé un diario. Lo hice por recomendación de un expresidente de los Estados Unidos de América: en algún libro leí su sugerencia de escribir cada tarde todos los aciertos y desaciertos que se hubieran tenido durante la jornada, con el fin de ser conscientes de ellos y poder reforzarlos o evitarlos en el futuro.

A partir de ese momento me inicié en la práctica de sentarme cada noche a escribir sobre mi día; fui construyendo un expediente con el fin de poder observar fríamente mis acciones pero que después terminó convirtiéndose en una forma muy eficaz de desahogo.

Así fue como oscuras confusiones, miedos paralizantes, dolores profundos, elevadas alegrías y amores imposibles quedaron plasmados con tinta sobre las hojas de mi fiel cuaderno que tantas veces supo escucharme con paciencia y que por agradecimiento, todavía tengo conmigo. Ya está viejo y no le cabe ni una coma, no obstante sigue siendo tan útil como antes.

Cada cierto tiempo nos reencontramos. Casi siempre cuando decido poner mis cosas en orden, con la esperanza de que así se ordene también mi mente y, con suerte, mi vida.

Abrirlo es como entrar en otra dimensión, al punto de que estoy considerando ponerle una advertencia en la portada que me recuerde, cada vez que lo vea, que no debo jugar con su contenido, que una vez dentro, estaré viajando en el tiempo, que veré cientos de fechas pasarme frente a los ojos y que cuando elija una de ellas, deberé hacer absoluto silencio para poder escucharme a mí misma.

Estos reencuentros que debo al expresidente americano, a quien agradezco siempre que vivo la magia de pautar citas conmigo y que puedo verme nuevamente: un poco más joven, más terca y más dramática… con más miedo y menos fe.

El único inconveniente es que no puedo hablarme y a veces tengo que contener las ganas de abrazar a esa niña que encuentro, de aliviarla con respecto al futuro; decirle que su preocupación sería olvidada en una semana, que tenga paciencia. Quisiera hacerle entender que cada día tiene un mañana y que las heridas sanan.

Sin embargo, no todas las citas implican comprensión. He asistido a algunas en las que me cuesta entender a la persona que escucho, no me cae bien, incluso me resulta antipática su forma de pensar y hasta grotesca la manera en que se expresa.

Paradójicamente, al día siguiente esa misma persona me deja impresionada con su capacidad de amar, me causa ternura su creencia ingenua de que alguien estará para siempre, su absoluta certeza de que jamás va a querer tanto a otro individuo.

Por instantes quisiera soplarle las respuestas, decirle “oye, dile ya que te gusta, no pasará nada malo”. O “deja de llorar, niñita, que luego conocerás a alguien más feliz.

Pero lo más sorprendente de todo es cuando encuentro notas hechas para mí, para mi yo de ahora… para mi yo del presente que en aquél momento era un futuro muy lejano. Cuando encuentro estas misivas siento que por fin me ve, que estamos en el mismo plano, que me habla de frente… luego noto su mirada y comprendo que no es cierto. Que mira como quien mira un espejo, que yo no estoy en su escena… no del todo. Pero ella confía plenamente en que la veo, lo sabe.

Y luego de tantos reencuentros, de tantos viajes en el tiempo y de múltiples oportunidades de observación he comprendido que no debería hablarle… ni siquiera para el caso de que ella pudiera escucharme. Ahora callo por convicción, puesto que decirle alguna cosa implicaría interrumpir el curso natural de los eventos que me crearon. Mostrarle el futuro sería eliminarme.

Y con este razonamiento he podido entender, además, que así como no me permitiría yo misma hacerlo conmigo, con menos motivos podría permitirle a alguien más que se tome esa libertad.

Por supuesto que las recomendaciones siempre son bienvenidas, sobre todo cuando tienen en garantía el propio ejemplo. Pero se me hacen inaceptables los atentados -que llegan como imposiciones disfrazadas de sugerencias- contra las decisiones personales.

De estos atentados, sutiles o agresivos, tengo mil ejemplos, pero no veo necesario entrar en la polémica del detalle.

Parece que nos cuesta demasiado darnos cuenta de que no tenemos la respuesta a los problemas de los otros; esta es la enseñanza más grande que he obtenido de mis reencuentros: cada quien debe vivir su propio proceso. O en términos más sencillos, cada quien debe dirigir su propia vida y no debería jamás permitirse querer gobernar una ajena.

El único consejo que daría sin que me fuera pedido, sería este: escriban y no boten sus escritos.

Escribiendo el dolor se alivia, las penas se hacen más ligeras y comprendes que nada es tan serio como parece.

Pero eso sí, no les recomendaría jamás que me hicieran caso a mí, mejor piensen que es un consejo que les ha sido dado por un expresidente del país más poderoso del mundo. Su nombre se los debo puesto que justo ahora no lo recuerdo.

Tal vez lo sepan por mi yo del futuro, a quien dejo la tarea de averiguarlo.

La teoría de Caracas

Tras años de observación he logrado crear mi propia teoría sobre Caracas, llegando a la conclusión de que la particularidad de esta ciudad se debe a que ella no es solo un conjunto de calles y edificios sino que tiene, además, un espíritu.

Dependiendo de su estado de ánimo juega con el espacio y el tiempo a favor o en contra de sus habitantes; sin entrar en detalles sobre las diferentes caras que puede mostrar a sus visitantes de una esquina a otra.

En efecto, Caracas puede ser infinitamente grande o infinitamente pequeña según su antojo: en ocasiones basta con el pensamiento fugaz de no querer ver a una persona para que te la encuentres a la mañana siguiente en alguna panadería que jamás visitas.

Salir con dos individuos a la vez con la esperanza de que nadie se entere es como jugar a la ruleta rusa en una ciudad que adora las bromas pesadas. Tal vez por ese motivo soy fiel practicante de la monogamia.

En cambio, a veces imploras que la casualidad te permita coincidir con alguien y sin embargo, te toca esperar eternamente sin obtener el favor pedido.

Con el tiempo ocurre algo muy parecido: los minutos aquí pasan más rápido que en otros lugares. La vida te lleva, el ritmo se te impone. Jamás sabrás cuánto tiempo tardarás en una diligencia, podrían ser veinte minutos o cinco horas, ante lo cual podrás agradecer la prontitud pero jamás quejarte del retraso, puesto que en este último caso serías tildado de amargado y, lo que es peor, desubicado. No faltará quien te recuerde que no vives en Suiza.

Caracas se te muestra amable y al segundo siguiente con rudeza, te hace seductoras invitaciones y luego te echa con los peores modales. Te envuelve con la sonrisa de sus calles y te enamora con su gente… cada dos pasos te sientes vulnerable de dejarte caer en su juego.

Suele ocurrir, sobre todo por las tardes, antes de finalizar los ajetreados días que, caminando, ves a un desconocido que atrapa toda tu atención. Uno de estos amores de calle que aparecen cada tanto ante la vista y desaparecen con la misma rapidez con que llegaron: diez pasos después ya no existen y debes seguir con la vida que tenías cinco minutos antes.

Sí, Caracas está llena de esos seres celestiales que te hacen perder la conciencia momentáneamente. A mí me pasó, en una oportunidad, que estuve a segundos de ser atropellada por voltear a ver a un ángel. En aquél momento comprendí la decisión que han tomado los musulmanes de andar forrados de pie a cabeza.

Para bien o para mal existe gente capaz de causar terribles accidentes por el solo hecho de existir.

Estos personajes además, no están distribuidos al azar sino que responden a una lógica: son pequeñas dosis de adrenalina que te manda la ciudad para que le lleves el ritmo.

Los amores de calle, en su mayoría, tienen un tiempo de duración muy breve, como máximo cinco minutos, después de los cuales todo vuelve a la normalidad y pasan al completo olvido para siempre.

Sin embargo la regla, como todas las normas en Caracas, a veces se incumple, supongo que por evitar la mortal rutina. Y entonces puede ocurrir que un amor de calle dure más de los cinco minutos que le fueron otorgados y se vaya convirtiendo en una historia digna de ser contada.

Lo sé porque yo misma fui protagonista de una de estas excepciones que no son más que travesuras de una ciudad inquieta y omnipresente a la que le gusta demostrar que si es su voluntad encontrarte, te va a buscar incluso debajo de la tierra. Y con esto hablo en términos literales.

En efecto, mi historia particular como amor de calle comenzó hace cuatro años en el subterráneo: fui divisada por primera vez mientras iba a la universidad por alguien a quien la ciudad le permitió volverme a ver en una segunda y tercera oportunidad hasta que las casualidades dejaron de tener número y simplemente fueron varias.

Yo nunca estuve enterada de nuestros encuentros fortuitos; jamás intercambiamos buenos días, ni comentarios sobre el clima.

Tal como he podido enterarme, no conocía mi nombre pero sí la carrera que estudiaba, gracias a un pin de “futuro abogado” que tenía enganchado al bolso. No había escuchado mi voz pero había visto mis sonrisas frente a los libros y la preferencia por uno u otro autor llegó a decirle más sobre mí de lo que yo misma hubiera podido; por otro lado, no sabía que escribía pero, de alguna manera, llegó a leerme.

Y gracias a las letras pudo hablarme para decir que le agradaba el contenido de mi blog. Se enteró de mi nombre y también un poco de mi vida.

Tuvo la amabilidad de invitarme un café con el objetivo de contarme una nueva historia, el cual acepté por amor al arte. Y me gustó enterarme en ese primer café de que he sido el amor de calle de alguien que cuenta con la aprobación de una ciudad que no cede ante cualquier encanto.

Y me sirvió, además, para reafirmar mi teoría de Caracas:

Caracas juega con el espacio y con el tiempo, los utiliza a su antojo y no admite reclamos. No le debe nada a nadie, por lo tanto no acepta peticiones, solo concede favores… a quien le provoque.

Lecciones de matemáticas

Jamás comprenderé la mala intención de aquella profesora de latín que se empeñaba en hacer exámenes orales todos los lunes, arruinando un gran porcentaje de mis fines de semana.
Su espíritu se alimentaba de las caras de lamento de los alumnos y comentaba, como si ya supiera todo lo que había que saber sobre la vida, “cuando sean adultos van a extrañar estos días”.
Y la verdad es que no fueron nada malos, tenía buenos amigos y el estudio es de esas cosas que me gustan… lo más complejo para mí eran las clases de matemáticas y sin embargo nunca faltaba quien me explicara todo.
Y en última instancia, a la que acudía siempre porque jamás entendí un dos más dos, encontraba también quien me diera las respuestas en los exámenes; un terrible hábito que me reservé para los números solamente y del cual no estoy particularmente orgullosa.
Recuerdo que el profesor de matemáticas me tenía cariño, se preocupaba por mí y me preguntaba el motivo de mi perenne ausencia mental. Yo lo consolaba diciendo: Carmelo, no te sientas mal por mí, no es tu culpa, tú eres brillante. Es solo que a mí no me gusta esto. Si me dieras clases de literatura o filosofía estarías orgulloso.
Y no mentía, quedaba absorta el tiempo que durara una clase de literatura; recorría el mundo en las de geografía; hacía un tour por el pasado en las lecciones de historia y volaba al hiperuranio con la filosofía. El arte, la música… ¡Dios! Si fuera rica sería mecenas.
Y, sin embargo, las clases de matemáticas no fueron horas perdidas, a pesar de que es cierto que jamás copié un número a no ser el de la fecha, en ellas solía leer, escribir, soñar…
Confieso que mi primer poemario fue el cuaderno cuadriculado; las clases de Carmelo eran como el limo: creaban un ambiente fértil para la escritura.
Incluso me sirvieron para planificar meticulosamente mi rutina ideal como futura mecenas: despertaría todas las mañanas y me asomaría desde mi habitación a ver el patio de la casa lleno de cuerpos desnudos esperando a ser pintados. En las tardes haría jornadas como las descritas por Boccaccio en el Decamerón; pequeños bacanales los fines de semana y cada tanto un nuevo destino.
Comida mediterránea, música clásica, cerveza artesanal, gente de todas las naciones conversando en mi entorno; idiomas, culturas, costumbres distintas. Clases de filosofía, de arte, de literatura… esta es la imagen de felicidad que tengo en la cabeza.
“-Fernanda ¿estás aquí? ¿Quieres pasar a la pizarra? -No, Carmelo, gracias. -Bueno, ve cómo hace el ejercicio Gabriel.”
Ambos salíamos de forma rápida y calmada del momento incómodo; nunca se tomó demasiado personal mi falta de interés. Eso se lo agradezco infinitamente.
Gracias a él me agradan los matemáticos, incluso pienso que si pudiera entender de números habría estudiado alguna ingeniería para estar rodeada de gente como Carmelo: pragmáticos, objetivos y no tan complicados.
Yo, en cambio, tengo que vivir con la necesidad de darle mil interpretaciones a una sola palabra y hasta me he sentido tentada a juzgar a un par de personas por algún bache cultural; triste error en el que caemos, por lo menos unas tres veces en la vida, los que hemos tenido acceso a cuatro o cinco buenos libros y seis o siete excelentes profesores.
Esa mala costumbre que se empieza a curar cuando la vida te presenta a ocho o nueve personas que, sin demasiado estudio, comprenden el verdadero sentido de la vida y explican verdades con tanta simplicidad que te hacen comprender a cabalidad el significado del mensaje de los más famosos autores.
Ojalá todos logremos la humildad de mi profesor de matemáticas que pudo comprender mi falta de interés por Pitágoras o Ruffini y se conformó con que aprendiera lo indispensable.
En efecto, los números que he estado usando hasta ahora, tienen el único objetivo de dejar constancia de que sé contar.
Diez.

Mil grullas de papel

Existe una leyenda japonesa según la cual, si una persona logra hacer mil grullas de origami, los dioses le hacen realidad su mayor deseo.

Lo supe hace varios años cuando leí un libro que, además de hacerme llorar muchísimo y reflexionar más de lo habitual, logró que el sushi, que no me atrevía ni siquiera a probar, se convirtiera en mi plato favorito.

Es la magia de leer: rompes con tus limitaciones mentales, espaciales y temporales.

El libro cuenta el otro lado de la historia, la que casi nunca vemos desde el cristal de la cultura occidental; relata la vida de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

El amor por su país, su deseo de victoria, el sufrimiento de la población civil que nada tenía que ver con todo aquél desastre… el hambre. Los anhelos de Sadako, su protagonista, de volver a probar el sushi, descrito tan delicioso que, apenas terminé de leer, moría yo también por comerlo.

Finalizada la Guerra, Sadako, quien apenas tenía 12 años y que por fin estaba viviendo las alegrías que ofrece la paz, enferma de leucemia producto de las radiaciones emanadas de las bombas nucleares que cayeron sobre Japón desde los aviones norteamericanos.

El mayor de sus deseos era sanar; así que se propuso ganar el favor de los dioses realizando con sus propias manos mil grullas de origami. Sin embargo, no contó con suficiente tiempo y murió antes de culminar su misión.

En la actualidad existe en su país una estatua en su honor y todos los años llegan a Japón grullas de origami enviadas de todas partes del mundo, con la esperanza de que no se repita jamás la guerra.

Las grullas son pájaros parecidos a los flamingos pero menos hermosos; curiosamente tuve que buscar la traducción de su nombre, puesto que el libro lo leí con el título de “Il sole d’ Hiroshima”, en italiano y en ese idioma, estas aves son llamadas “gru” y es así como las he conocido siempre.

O por lo menos desde que me explicaron en clases de literatura lo que era una gru. Recuerdo que la explicación fue motivada por otro libro que me encanta: El Decamerón de Giovanni Boccaccio.

En uno de los cien relatos que lo componen se habla de la astucia de un cocinero llamado Chichibio, a quien le fue encargado, por un importante señor, cocinar una gru para un banquete.

El magnífico olor de la cocina atrajo la atención de una atractiva muchacha a la que el cocinero le regaló un sabroso muslo del animal.

Pero al momento del banquete, el señor importante notó la ausencia de uno de los muslos en su gru e inmediatamente reclamó a Chichibio quien respondió con descaro que ese tipo de aves solo tenía una pata y para demostrarlo llevó a su amo a observar una docena de grullas que se encontraban en reposo, diciendo: ¿ve cómo solo tienen una pata?

Y entonces el señor importante gritó: ¡Jojó! Y las aves despertaron mostrando ambas patas; con lo que Chichibio salió del problema diciendo: pero usted durante el banquete no gritó, por eso aquella grulla no mostró su otro muslo.

Con tan osado comentario provocó las carcajadas del importante señor y se salvó así de una paliza segura.

Hace unos días fui al cine a ver Coco, una película maravillosa cuya trama se desarrolla entorno a una tradición mexicana que consiste en celebrar el día de los muertos, con el fin de recordarlos y con ello mantener vivos a sus antepasados.

Al salir de la sala quería comer comida mexicana y estuve dando vueltas por toda Caracas buscando un restaurante que me ayudara a saciar mi antojo. Desde ese día, para relajarme, escucho con frecuencia las canciones de la película.

Esta mañana fue uno de esos días y, no por casualidad, sentí un profundo deseo de viajar a México, de conocer bien de cerca su cultura.

Es increíble lo que puede lograr un buen libro, una buena película… y en general las cosas bien hechas.

Con una idea podemos mostrar nuestro país al mundo, nuestra comida, nuestros paisajes. Decir a todos: vengan a visitarnos apenas tengan tiempo porque no se van a arrepentir jamás.

Y pues… con la fe de que de cada cosa negativa se puede sacar algo bueno, confío en que de esta circunstancia actual que vive Venezuela, vendrán cosas muy buenas: buenos libros, buen cine, buenas experiencias que inviten al mundo a venir a este maravilloso país cuando la guerra haya terminado.

Más adelante, ojalá, una niña de Japón, leerá un cuento de una escritora venezolana y saldrá de su casa buscando un restaurante para comer su primera arepa.

Y tal vez ¿por qué no? si hacemos mil grullas, Dios nos conceda el favor.

Mientras tanto, sigamos usando el humor, como Chichibio, para no perecer en la espera. Y siempre, siempre llevemos el nombre de nuestro país en alto como lo está haciendo Coco.

Todos los hijos del mundo

No sabría decir el momento exacto en el que comencé a admirarla tanto.

Posiblemente lo he hecho desde siempre. O tal vez desde el primer diciembre en que me llevó con ella a hacerle un favor al niño Jesús: debíamos entregar, por él, regalos de navidad a los niños de un humilde caserío.

Pero también pudo ser desde que supe que ella le había hecho ese favor a Dios todos los años desde que tenía apenas dieciséis.

O quizá simplemente la admiro desde esta mañana, cuando la vi poniéndole agua a sus matas y luego sonreída mientras daba arroz y alpiste a los pajaritos libres a cambio de que la visiten siempre.

Por otro lado, debo admitir que me he fastidiado de ella en infinitas ocasiones. Tiene la terrible costumbre de hacerme esperar, sin siquiera disculparse, cada vez que considera indispensable detener el curso natural de nuestro andar para salvar el mundo.

Cualquier lugar le ha parecido idóneo para hacerlo y el momento también le es indiferente. Da igual lo apurada que esté, si ve a una madre maltratando a un niño, física o verbalmente, se toma un momento para decirle un par de cosas.

Es así como de una sonrisa hermosa y un “¿te puedo recomendar algo?” dicho dulcemente, procede, sin esperar respuesta, con un: ¿Por qué mejor no le explicas qué hizo mal en vez de pegarle? O ¿Por qué en vez de gritarle frente a sus amigos, logrando ridiculizarlo, no le pides con cariño que deje de hacer lo que hace?

Luego les explica un poco que los niños tienen memoria y que recordarán para siempre las palabras de sus padres, por lo que las mismas deberían constantemente reafirmar lo valiosos que son, reforzando sus talentos en vez de repetir una y otra vez sus debilidades.

En infinitas oportunidades me tocó estar al lado de la señora loca e intrépida que se creía con el derecho de sugerirle a alguien la forma correcta de criar a sus hijos, lo cual podría constituir una terrible ofensa para ciertos padres. Mientras tanto observaba en silencio esperando la reacción del interpelado de turno, con un poco de vergüenza.

Por suerte no hubo episodios negativos; es evidente que mamá sabe cómo hablarle a las personas. Lo hace con tanto amor que ha logrado llevar su mensaje sin correr demasiados riesgos.

-¿Por qué lo haces? Le pregunté. – Pierdes tu tiempo; esas personas no van a cambiar por las palabras que les digas en escasos minutos. – Pero yo habré hecho el intento, respondió. -Cuando tengas un hijo me vas a entender. Lo amarás tanto que comenzarás a amar a todos los niños del mundo y siempre que puedas hacer algo por ellos, lo harás.

Es difícil de creer pero yo misma soy testigo de que por lo menos en una oportunidad le funcionó.

Conocimos a una madre que le pegaba salvajemente a su hija de seis años. No era una mala persona, sencillamente su ignorancia la había llevado a creer que los golpes eran la forma más eficaz de educarla correctamente. Ante tal situación, la impotencia llevó a mamá a interrogar a la mujer: ¿Cómo te sentirías si un día, de tantos maltratos que le ofreces, tu hija huye de ti corriendo y por mala suerte la atropella un carro y muere? Te va a tocar recordar para siempre que en el último momento que tuviste con ella, tú misma la hiciste sufrir.

La impresión que causaron sus palabras tuvo tal magnitud que aquella niñita jamás en su vida volvió a recibir un golpe por parte de su madre.

Parece que no va a cambiar nunca, ni siquiera le noto intenciones de hacerlo.

Ayer iba caminando sola y observé a un señor que maltrataba a un perro; me hierve la sangre cada vez que presencio este tipo de cosas.

Tuve que detenerme para pedirle por favor que no lo hiciera más, que los animales sienten como nosotros y merecen igual respeto. Y no sé si mis palabras tuvieron efecto alguno… pero entendí que las de mi madre sí lo habían tenido.

No había notado que vengo repitiendo sus malos modales. Tengo una perrita desde hace diez años que se ha ganado mi amor a pulso y he llegado a pensar, incluso, que cuando se tiene un perro se tienen todos los perros del mundo, haciendo una adaptación de la frase de Andrés Eloy Blanco. Todos importan, todos duelen, todos son capaces de alegrarte el día.

De antemano pido disculpas a mis futuros hijos, por todas las veces que les haré esperar, por considerarlo absolutamente indispensable.

Ya no podré continuar caminando, como si nada, sabiendo que existe una posibilidad de generar un cambio; deberé intentarlo siempre.

No importa si me escuchan o no. Yo habré hecho el intento.

Cásate, mi amor

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He admirado siempre a las personas que duermen poco sin verse afectadas en su rendimiento diario, puesto que tienen más horas a su disposición para hacer, para crear, para vivir.

Sin embargo, yo soy de las que necesitan sus ocho horas de sueño; dormir para mí es un acto sagrado. A lo sumo, luego de una excelente negociación, podría disminuirlas a 7… pero el motivo tendría que ser en extremo importante.

Es por eso que todas las noches me ocupo de silenciar el teléfono para evitar inconvenientes, a menos que esté esperando una noticia urgente o que por el cansancio lo olvide.

Hace unos días, por error, dejé el teléfono en la mesita de noche con plenas facultades de hacer un escándalo si a alguien se le ocurría escribirme o llamarme.

Y por alguna de esas leyes que obedecen al más puro fatalismo, a la mañana siguiente, cuando el reloj marcaba las cinco, me despertó el sonido del celular anunciando que había llegado un mensaje: <<me voy a casar>>, decía. 

Volví a leer el nombre de su remitente. Volví a ver la hora.

“Anteriormente tenías mejores formas de darme los buenos días”, pensé. Y el recuerdo me hizo sonreír con picardía.

Las cinco de la mañana no era la mejor hora para darme esta noticia y la manera tampoco fue la más adecuada. Parece que la diferencia de horarios no acabó solamente con nuestra relación, sino también con tu sentido común, mi amor.

Me levanté de la cama, preparé el café y estuve en silencio hasta que decidí realizar el ritual que había planificado.

Por absurdo que parezca ya estaba esperando esa noticia. No porque creyera que salías con alguien más, sino porque sabía que una persona como tú, con tantas cualidades, no pasaría desapercibida.

El momento llegaría, sin duda. Escuchaba una canción en italiano que se llama “per dimenticare” (“para olvidarte”, en español) y pensaba, casi divertida, que en algún momento te la cantaría a ti. Según la letra, el autor es invitado a la boda de su ex novia y debe inventar mil excusas para no asistir.

Así que en un acto masoquista, tal vez, abrí Youtube y busqué la canción para oírla mientras terminaba el primer café del día, me bañaba y me vestía.

No, no dura tanto; repetí la canción al menos cuatro veces.

No está bien que yo diga esto pero debo admitir que para mí lo de tu matrimonio es lo de menos. Es innegable lo fácil que puede disolverse ese vínculo. No, el matrimonio no me importa. Lo que de verdad me aterra es que tu amor -que conozco tan bien- se lo des a alguien más… como me lo dabas a mí.

No me gusta pensar en esto, me quita libertad.

Pensar en la posibilidad de que estés con otra persona. Una que tal vez llegue a creerse en el absurdo derecho de prohibirte que le escribas a tu ex novia. Que no entendería nada de lo nuestro, que no aceptaría ser momentánea, que creería que estará en tu vida para siempre.

Te hablo yo ahora; yo soy quien te escribe en un momento inoportuno. Te deseo lo mejor, mi amor. Y lo mejor para ti, soy yo.

No vayas a creer por mi forma de hablar que no estoy contenta por ti. Lo estoy. Todo lo que te haga bien, me alegra. Me gusta que sigas adelante, como los elefantes. Me gusta que sigas la vida.

Yo también seguí bastante bien, ya sabes. A ti y a mí nos gusta viajar, conocer nuevos lugares. Pero también los viajeros tenemos hogar, tenemos país de origen, tenemos patria, tenemos puerto. Y tu puerto soy yo.

Dijiste que la distancia solo separa a las parejas que no se saben querer. Y tal vez creas que yo no lo supe hacer porque no tuve paciencia para seguir esperando meses sin verte, porque soy drástica y prefiero caer que estar colgada.

Pero la verdad es que no es la distancia lo que separa, es el tiempo. Y con todo el que ha pasado seguimos aquí: yo para ti y tú para mí. Claro que hemos sabido querernos.

Hazlo, cásate. Quiérela bien y compara. Que no todas las comparaciones son tristes y a veces es bueno tener puntos de referencia.

Ahora sabrás que no hay otra persona que te haga reír más que yo. Que te acompañe en los planes más absurdos e improvisados, que te quiera incluso en el peor de los momentos.

Y ahora sé que no hay alguien más que me conozca como tú, que me aguante durante todos los días del mes y que me mire como si fuera la única mujer en el mundo.

Así que cásate las veces que quieras, mi vida, que yo misma te divorcio.

SIRENAS EN EL MIRADOR

Las sirenas son criaturas mitológicas nacidas en la mente de los marineros. Se pensaba que habitaban en las profundidades del océano y aparecían ante los hombres de mar como mujeres increíblemente hermosas, enamorándolos con sus cantos, pues sus voces eran hipnotizadoras.

En algún momento, la infinita curiosidad de Ulises lo llevó a taparle los oídos a toda su tripulación para que, no escuchando el canto de las sirenas, fueran inmunes a sus encantos. Sin embargo, él no limitó su capacidad auditiva, en cambio pidió que lo amarraran fuertemente al mástil del barco en el que viajaba, con el objetivo de poder disfrutar de la maravillosa melodía de estos peligrosos seres, sin correr el riesgo de perder la cordura e ir a parar al fondo del mar por la eternidad.

Me pregunto por qué a las luces y al sonido característico de las patrullas de la policía se les llama sirenas.

¿Acaso porque nos engañan prometiendo seguridad y muchas veces terminan siendo exactamente lo contrario: sinónimo de peligros y de corrupciones?

Ocurrió hace más o menos un año que planifiqué una primera cita, a la que catalogué como súper importante.

No había visto a la persona con la que me encontraría más que en fotos, así que el resultado podía ser cualquiera, sin embargo, la intuición, cuando uno aprende a escucharse a sí mismo, comienza a dar muchísima información.

Y yo ya sabía de antemano que ese día sería especial. Por fin conocería a la chica de las fotos en la playa con el vestido de cuadros estilo años veinte.

En clases de arte había pintado 10 mil veces ese vestido. Cuando vi aquella foto fue como ver a la chica de mis dibujos. En mis cuadros tenía un sombrero negro que en sus imágenes no vi por ningún lado, en cambio tenía un cabello largo, inundado de brisa marina, y una mirada perdida que todavía no me había encontrado.

Creo que en ese momento, sin haber siquiera escuchado su canto, quedé hipnotizada. No fui tan precavida como Ulises, emprendí mi pequeña odisea sin amarrarme a nada.

Y llegué a esa orilla de playa encantadora, con brisa y olor a cerveza. El oasis del caos con ron y agua de coco.

Me encontré por primera vez con la chica del vestido de cuadros. Se hizo realidad la corazonada que tuve en el primer segundo que vi su perfil de Twitter: la voy a conocer y le voy a gustar tanto como ya me gusta.

Digamos que fue intuición lo que tuve o, en otras palabras, mi alma reconoció el plan de encontrarnos. Y nos encontramos ese día.

Era de noche y quisimos ir al morro, un mirador desde el cual podríamos ver el mar, las luces de la costa y de los barcos en medio de la oscuridad.

Estando arriba, el frío -que tal vez exageré un poco- nos obligó a entrar a su carro a escuchar música bajita y a seguir la conversación con más privacidad.

Más que conversación era un monólogo. Ella hablaba y yo asentía como si estuviera escuchando atentamente. Pero la verdad es que solo miraba el movimiento de sus labios, y su cara… sentía muchísimas ganas de besarle las mejillas.

Luego de pensar y repensar la conveniencia de ejecutar mi plan, decidí que ¿qué tanto? ¿Qué era lo peor que podía pasar? Me acerqué a ella para besar sus cachetes, sin embargo, no comprendiendo mi intención, ella se inclinó hacia mí, tomó suavemente mis cabellos y comenzó a besarme. En la boca.

Para no ser descortés dejé que lo hiciera. Y posiblemente ayudé a que se prolongará mucho más de lo socialmente debido para un beso de primera cita. Pero era eso, un beso. Solo un beso. Nuestro primer beso.

Que duró hasta que sentí la luz cegadora de una gran linterna apuntando mi cara.

Me separé de la chica del vestido de cuadros -que ese día usaba pantalones- protegi mis ojos con las manos e intenté reconocer de dónde venía la intrépida lámpara.

Vi el uniforme de policía.

– Bajen del vehículo, por favor, dijo el oficial. Lo hicimos.

Aquí comenzó una charla en la que se verificó la creación de un nuevo Código Penal: nuevos delitos y nuevas penas. Se nos indicó que nuestra conducta merecía “LA CÁRCEL”.

Escuché la información con toda la humildad fingida de la que disponía en ese momento; dejé que hablara, que amenazara… que viviera su momento moralista, legislador, salvador de las buenas costumbres. Bla bla bla. Dejé de escucharlo.

-¿Señorita, usted me está entendiendo lo que le digo?

-¿Qué? No. ¿Qué me dice, disculpe?

– Que por lo que usted estaba haciendo puede ir cinco años a prisión por el delito de “actos lascivos”.

– Pero usted no me ha dicho qué es lo que yo estaba haciendo, señor. Dígame que hacía yo, por favor.

– Bueno… no sé, usted sabe.

– No, no lo sé, no me ha dicho nada.

A continuación la primera vez que decía, siendo verdad, que soy abogada. El Inpre (certificado de que eres abogado) me lo acababan de dar hacía menos de un mes.

– Señor, yo sí sé qué son los actos lascivos porque soy abogada con especialización en derecho penal (esto último no era tan cierto).

Sin embargo, lo que yo estaba haciendo, que no me ha dicho que estaba haciendo, no era un acto lascivo.

Respóndame esta pregunta: si lo que yo estaba haciendo, que no me ha dicho qué estaba haciendo, lo hubiera hecho un hombre con una mujer ¿usted habría actuado de la misma forma? es decir ¿los habría bajado del carro?

– Por supuesto que no, respondió.

Posiblemente sea difícil de creer pero esta fue su respuesta.

Seguí:

– Pues le informo que el delito del que me acusa, aunque no me ha dicho qué fue lo que hice, no lo cometí, no existió; lo que sí existe es una ley contra la discriminación de género. Y lo que usted está haciendo ahora, es precisamente eso, discriminación. Yo le recomiendo, porque es lo que le conviene, que dejemos esto hasta aquí.

– ¿Sí? ¿Esto es lo que me conviene?
Preguntó con voz sarcástica.

– Sí, le respondí con una seguridad que todavía no sé de dónde saqué. Posiblemente de mi inexplorado espíritu penalista.

Su respuesta fue un aliviante “ok, entonces vamos a dejar esto hasta aquí”.

No contenta con lo sucedido, le exigí que moviera la moto que había atravesado delante del carro. Entonces me dijo en tono sorprendentemente amigable: pero ¿no puedes echar para atrás?

Le sonreí, me presenté, le dije que estaba a la orden en el futuro por si necesitaba un abogado y me fui.

Mi acompañante, en todo aquél rato, no habló nunca; solo pensaba en la cantidad de dinero que tendría que pagar para salir del percance.

Cuando íbamos bajando del mirador me dijo que estaba muerta de miedo y que se sentía afortunada de estar conmigo que soy abogada.

Aquí pensé tres cosas:

La primera: que me encanta ser abogada. Porque con el conocimiento de las leyes y de la negociación puedes lograr que un momento terrible de extorsión se convierta en una anécdota cómica.

La segunda: que es bonito estar con alguien que te haga sentir protegido. Y que para eso, en la actualidad, se necesita más inteligencia y astucia que fuerza y agresividad.

La tercera: que ¡qué bolas la discriminación!

Hay gente que piensa que los movimientos que se realizan por el reconocimiento de igualdad de derechos es un capricho de un grupo de desadaptados que quieren acabar con la sagrada institución de la familia. Nunca se toman el tiempo de ver más allá de sus propios prejuicios y limitaciones.

De ver, por ejemplo, que se lucha por poder acceder a cosas tan básicas como ir de la mano con la persona que amas sin miedo, o poder besarte en tu carro sin que un policía te amenace con prisión, y sí ¿por qué no? Casarnos.

Yo me quiero casar. Jurídicamente no existe un argumento válido que impida el matrimonio entre personas del mismo sexo, más allá de un par de artículos, creados por el hombre, que de la misma forma se pueden descrear, como se elimina todo aquello que resulta inconveniente, ineficiente, inútil.

Con la actitud que adoptan cada vez que discriminan o callan ante la discriminación, promueven un sin fin de comportamientos muchísimo peores que las demostraciones de afecto entre dos personas del mismo sexo, para el caso de que esto sea realmente malo.

Por eso prefiero hablar aunque seguramente sería más fácil optar por el silencio. Hablo porque entiendo que en la vida uno promueve lo que permite y yo no quiero promover el odio y la desigualdad, mucho menos cuando me vería yo misma directamente afectada.

No importa el argumento que tengas. Entiende que no te corresponde juzgar. Si crees en Dios, comprenderás que esa tarea le compete exclusivamente a Él. Si no crees, comprende que todos somos libres e iguales ante las leyes. Esto significa que debemos tener los mismos derechos en iguales circunstancias. Pues bien, esas iguales circunstancias existen. En todos los casos hablamos de dos personas que quieren unir sus vidas, con los consiguientes deberes y obligaciones que tal cosa comporta.

Pero si crees en alguna otra cosa, en lo que sea que creas, permíteme decirte, con todo el respeto, que así como tú quieres SER, también los demás queremos. Solo tienes que darte la oportunidad de dejar que la gente viva y verás como empezarás también a vivir mejor.

Camina libre y enamórate de quien quieras. Y si no te atreves a eso, entonces no seas un obstáculo para el resto.

Vicios de otras vidas

Luego del trágico accidente en el que murió el novio de mi mejor amiga, el psicólogo le recomendó leer un libro sobre la reencarnación. Tal vez con el fin de que comprendiera que la muerte del cuerpo no significa el fin de la vida.

Cuando finalizó con la lectura, me lo ofreció a mí para que yo también lo leyera.

En él encontré una historia contada por la madre de un niño de tres años, el cual, según ella, probablemente vivió en Egipto durante el tiempo de los faraones.

Esta hipótesis suya comenzó cuando su hijo, de forma inexplicable, resolvió momificar con papel tisú a la mascota que acababa de morir.

Empecé así a conocer la teoría de la multiplicidad de las vidas que atrapó mi atención desde el primer momento.

Antes de eso asistía a la Iglesia Católica a escuchar las formas de evitar el infierno o acceder al paraíso, una vez que terminara esta única oportunidad de hacer las cosas bien.

Nacieron nuevas preguntas sobre mi yo antes de ahora ¿Quién era, qué me gustaba? ¿Qué de lo que soy hoy pertenece a esa otra persona que fui? Siendo honesta, no he tenido tantas respuestas como me gustaría; no obstante estoy casi segura de algo: me quedé con un vicio de una vida pasada.

Lo supe hace poco tiempo. Estaba caminando por Caracas, había un sol radiante de esos que te hacen sentir el deseo de estar en la playa con una cerveza en la mano.

A la orilla de la calle se veía una hilera de palmeras y al fondo el Ávila.

“Lo mejor de los dos mundos” pensé. Sol y palmeras como si estuviera en el mar… y esta montaña que tantas veces me da una absurda sensación de seguridad.

Entonces, como por instinto, me llevé la mano derecha al bolsillo, buscando el yesquero y los cigarros, al igual que solía hacer cada vez que el clima se mostraba tan amigable.

Pero no encontré nada. Recordé que ya no fumo y me reí de mí.

Buscaba mis cigarros, comenté.

– Nunca he sentido curiosidad por fumar, jamás lo he hecho, respondió la persona que me acompañaba.

Y fue en ese instante que comprendí que a mí me había pasado exactamente lo contrario.

Yo nací buscando cigarrillos. Tal vez si hubiera sabido hablar, le habría pedido uno al médico que me ayudó a llegar al mundo.

Mis padres jamás han fumado, ni antes, ni durante y ni siquiera después del embarazo.

Sin embargo, desde el momento en que aprendí a caminar tuve la obsesión de buscar colillas de cigarro por donde pasaba.

Mamá no volvió a tener paz. Tenía que estar pendiente de mí todo el tiempo y de cualquier forma, ante el más pequeño de sus descuidos yo aprovechaba para llevar algún cigarrillo del piso a mi boca.

Luego de tantas charlas en casa sobre el daño que causa la nicotina a los seres humanos, comprendí que era de verdad maligna.

Y entonces comencé a hacer campañas en su contra.

Las hacía cuando veía a algún adulto fumando y, sobre todo, con mi abuela paterna, puesto que fumaba por lo menos una caja diaria.

Sin embargo, mi secreto mejor guardado era que amaba abrazarla porque olía a cigarro. Iba a su casa, entraba a su cuarto y respiraba profundo: nicotina por todos lados.

Ya sabía, aunque no lo habría admitido ni siquiera bajo tortura, que apenas pudiera fumar, lo haría. Y así fue.

Llegó el día en que compré mi primera caja de Marlboro rojo. Encendía uno tras otro aspirando y botando el humo torpemente hasta que un amigo me enseñó a hacerlo de la forma correcta.

Es increíble que varios años después ese mismo amigo me escribió pidiéndome disculpas por haberme enseñado a fumar. Y me imploró que dejara de hacerlo. Su hermano acababa de morir de cáncer y sentía gran remordimiento.

Lo calmé diciéndole que seguiría su consejo… pero no lo hice.

Es verdad que en varias ocasiones lo intenté. Compraba una caja entera y prometía que cuando fumara el último, no volvería a comprar jamás.

Encontraba a alguna persona que me pedía uno y se lo regalaba, luego veía algún amigo y yo misma le ofrecía. Al final, la mitad de la caja se la gastaban los demás y esta era la excusa perfecta para volver a comprar otra.

Tuve incontables “últimos cigarrillos” al igual que el protagonista del famoso cuento de Italo Svevo, con quien siempre me sentí identificada.

Incluso una vez tuve bronquitis como consecuencia del frío que pasé acampando en la laguna de Mucubají. Acudí al médico y mientras me examinaban los pulmones yo rezaba, suplicando que estuvieran sanos. Juré que no volvería a fumar luego de aquella experiencia. Pero no cumplí. Apenas estuve bien, retomé mi vicio.

Hasta que un día lo decidí. Sin que se hubiera acabado la caja que tenía en la cartera y sin ningún juramento de por medio, me levanté más temprano de lo normal, salí a trotar y me convencí de que ese 17 de noviembre era el primer día de una nueva vida.

Dejé de fumar.

Tal vez dejé atrás no solo el cigarro, sino un hábito terrible que comenzó mucho antes de 1993, en otra vida, quizás.

Hay quien dice que las adicciones son para siempre. Y creo que es posible que tenga razón. Me ha tocado elegir cada día seguir con la decisión que tomé. Unas veces es muy complicado, otras, no cuesta ningún esfuerzo.

Ya ha pasado lo peor: el drama de los primeros meses, las pesadillas, el mal humor, la ansiedad, decir que no a las frecuentes ofertas.

Pero continúa latente la tentación. Cuando el clima está bonito, con los amigos de siempre y en los domingos de playa.

A veces parece más fácil la recaída que la lucha constante… pero me consuela pensar que si supero esto ahora, ya no será un problema en mi siguiente vida.

Y cuando vuelva a nacer y esté dando otra vez mis primeros pasos, buscaré flores o gatitos, nunca más colillas de cigarros.

Colorín colorado

Mamá cree en el poder de las palabras; piensa que hay algunas que deben ser evitadas.

Por eso me pidió de favor que nunca pronuncie maldiciones, que hable siempre en positivo y que modere el uso del “no”.

A mí pocas veces me respondió con un “no” seco, siempre encontraba una forma alternativa de negarme las cosas o mostrarme en qué me había equivocado.

Tenia métodos de enseñanza muy originales.

Por ejemplo, para que yo aprendiera los colores llenó un cuarto con globos amarillos, azules, rojos… de todos los tonos que pueda imaginar un bebé de dos años.

La dinámica consistía en que ella me lanzaba el globo diciendo el color que le correspondía y yo debía regresarlo repitiendo lo que acababa de escuchar.

Esto lo sé porque de nuestras clases en casa quedó una anécdota que la hace reír todas las veces que la cuenta.

Estábamos en medio de una lección, así que me lanzó un globo diciendo: ¡ahí va el azul! Y yo lo regresé con un simple: es nego (negro).

Como está en contra de las correcciones a partir del error, reafirmó la respuesta correcta y lo lanzó otra vez: ahí va el azul. Y yo lo devolví: es nego.

Entonces hizo otra vez, otro intento. “Mi amor, agarra el globito, ahí va el azul”.

Y lo que le respondí en esta oportunidad fue: es nego o lo espoto (es negro o lo exploto).

Siempre he tenido la voz fuerte y gruesa, así que esto hizo resaltar la seriedad de mi afirmación.

Mi mala actitud no tuvo como consecuencia regaños, ni siquiera pronósticos fatalistas sobre el futuro de esa niña que a tan temprana edad reaccionaba de semejante forma.

Lo que ocurrió después fue que me pasó un globo negro, para mostrarme la mayor oscuridad del color que yo tenía en mente.

Luego de esto, me toca admitir que nací con un carácter bastante fuerte, el cual ha sido paulatinamente educado por una madre excepcional y paciente.

Mi mamá. Podría escribir infinitas veces sobre ella. Se me ilumina la cara cuando hablo de quién es; los ojos me brillan. Tengo una madre excepcional.

Hay otro cuento que cada vez que lo escucho, pienso, también yo, que ella está sencillamente desquiciada. Por menos de eso cualquier otra persona no lo estaría contando.

Sucedió que un día, mi primo César Octavio pintó de blanco el apartamento donde vivíamos. Había estado trabajando en eso arduamente durante dos días, la sala y el pasillo quedaron impecables.

Mamá tuvo que salir a hacer unas diligencias y él se quedó cuidándonos a los tres, a mis hermanos y a mí. Se distrajo, tal vez viendo televisión, o se quedó dormido, sin siquiera sospechar en las terribles consecuencias.

Libres de toda miraba adulta, sacamos los creyones, marcadores, témperas, pintadedos y todo lo que tuviera color y nos dispusimos a crear arte, aprovechando el gigantesco lienzo que había sido realizado para nosotros. Únicamente faltaba decorarlo.

Y supimos bien cómo encargarnos de eso. Así pues, cada quien tomó lo que consideró necesario y dio rienda suelta a su imaginación, demostrando todo su talento en las paredes recién pintadas.

Ya estaba casi lograda la meta; quedaba muy poco blanco en nuestra zona de alcance en el momento en que llegó mamá.

Abrió la puerta y estábamos los tres felices por lo que acabábamos de hacer; salimos a recibirla sonreídos de puro orgullo y la invitamos a contemplar la sorpresa que habíamos preparado para ella.

No supe interpretar en aquel momento su cara perpleja. Me gustaría ahora mismo poder ver la escena otra vez y detallar la reacción de mamá viendo el desastre del que habían sido víctimas sus paredes blancas.

Inmediatamente mi hermana rompió el silencio creado por el suspenso y comenzó a explicar toda la obra. Aparentemente sabía con exactitud el significado, no solo de lo que ella había hecho, sino también de los dibujos de mi hermano y de los míos.

Nuestro público nos escuchó con muchísima atención. Posiblemente sonreída mientras lloraba por dentro.

Lo que ocurrió a continuación es lo que no se puede creer.

Terminó de entrar a la casa, pasó hasta su cuarto y salió de ahí con una cámara fotográfica para tomarle fotos a la hermosa obra de sus niños. Dándonos las gracias y advirtiendo que quería dejar constancia de nuestros maravillosos dibujos.

Cuando despertó mi primo no pareció tan orgulloso como mamá. Le aseguró que jamás volvería a ayudarla en nada que tuviera que ver con la casa… pero ella no le dio demasiada importancia a eso.

Recibió algunos comentarios de los enterados: tampoco así, Charito. Pon límites. A mí un hijo me hace eso y no sale ileso.

Y respondió con seguridad: yo no les puedo reprimir su creatividad. Por suerte son hijos míos.

Esa pared quedó así por bastante tiempo; mamá no permitió que borraran nuestros dibujos sino hasta después de un año.

Delante de nosotros mostraba la pared decorada a sus amigos y les explicaba, más o menos conforme a la información que ella tenía, sobre el significado de cada cosa.

¿Cuál fue el efecto?

Ninguno de los tres resultó pintor, es decir, no nos dedicamos a eso. No estamos hablando de la historia magnífica detrás de la vida de un gran artista. No ha quedado justificado el daño a la pared pintada.

Solo me queda esto. Este brillo en los ojos cada vez que la veo o hablo de ella. Y esta certeza de que hay una persona que ha valorado cada cosa que he hecho.

Esta pregunta: qué hice tan bueno en otra vida que se me ha asignado una madre tan maravillosa.

TU DEFENSA

Pasé tanto tiempo pensando en nuestro asunto, buscando motivos, queriendo respuestas. Intentando descifrar el momento exacto en el que empezó el desnivel, cuándo mi amor comenzó a ser más grande en comparación con el tuyo.

Me quedé esperando a que dijeras algo pero no lo hiciste nunca. Al final todo lo que he querido saber lo he debido responder yo misma. Te interrogo y contesto. Soy mi abogada y soy tú. Analizo tus respuestas, modero mis preguntas. Me convierto en juez y también soy tu defensa.

Es como si se estuviera llevando a cabo un juicio en mi cabeza. Ya van varios meses de esto. Los lapsos han sido interrumpidos por eventos de toda índole, buenos y malos.

Lo cual ha resultado conveniente porque ha pasado tiempo y el tiempo, es verdad que lo cura todo, e incluso para el caso de que no haya todavia completado su trabajo, llega un punto en que permite ver las cosas con más calma.

Antes de ahora no había permitido que nadie más te juzgara; cada vez que contaba mi versión de los hechos, los terceros dictaban severos veredictos en tu contra y entonces tenía que salir yo en tu favor, apelar sus decisiones argumentando cualquier cosa.

Decía lo que habría querido que tú me dijeras.

Pero finalmente opté por el silencio. A pesar de lo que dicen sus detractores, me resultó una mejor elección que hablarte a ti o de ti.

Ninguna de esas dos opciones fue jamás una buena idea. Contigo no, porque era como hablar sola y de ti menos porque no tolero las conclusiones desinformadas.

Dicen que no me querías tanto como yo a ti. Lo mismo que dijiste tú. Es algo que sé de sobra; es un hecho admitido. Sobre eso no hay discusión.

Y sin embargo aquí estamos en este juicio, mi abogado, el tuyo y el juez: yo. Preparando tu defensa.

Como juez puedo y debo considerar todas las pruebas traídas por las partes. Y aunque entiendo el perfecto castellano en que has pronunciado tus palabras y aunque me hayan causado tanto daño, sigo pensando en todo el resto.

En la tarde en que me dijiste por primera vez ‘te quiero’ escrito en un avioncito de papel. En la noche en el faro cuando temblabas de miedo porque sentías que te ibas enamorando de mí y no tenías idea de qué hacer con eso. En la madrugada en la que, irrespetando el derecho de propiedad de un desconocido, nos subimos en su lancha a hablar de nuestra vida antes de conocernos. En la mañana en que te preparé el desayuno y me pediste que fuera tu novia.

En las veces que te dije que te amaba, sin esperar nada a cambio. En ese momento la reciprocidad no me importaba demasiado; si no me amabas tú, daba igual, estaba segura de que en algún momento lo harías. Yo soy una tipa aplicada y tú eras mi principal empeño. Y así fue, lo logré, te escuché decir sinceramente que me amabas.

Es inevitable pensar en las oportunidades en que te abracé para calmar tu llanto por alguna de nuestras despedidas. Lloraste también cuando elegiste terminar lo nuestro. Y mientras decías que ya no me querías como yo a ti.

Me ha costado tanto llegar a este punto. He tenido mil argumentos en tu contra. Jamás te he odiado, nunca te he ofendido y en ningún momento me he arrepentido de nada de lo que tuvimos, ni de todas las horas de viaje para poder verte.

Todo lo que hice, lo volvería a hacer de la misma manera. Nunca reprimí un abrazo, un beso o mis ganas de estar contigo. Lo di todo y recibí bastante.

Es solo que hasta hace apenas unas semanas dolía tanto que costaba ver más allá. Lo que busco ahora es dejar las cosas claras… para mí.

Yo soy tu juez y ha llegado el momento de dejarte en libertad.

La mereces porque la has pedido y porque en el daño que causaste no hubo culpa, mucho menos dolo.

Tal vez, en otras circunstancias me habrías amado tanto como te amé yo. Tal vez me habrías amado más. Pero los “tal vez” no son siempre posibles y el nuestro no se pudo.

A nadie se le puede obligar a querer. Este es el motivo por el cual yo jamás solicité explicaciones a tu decisión. Y este es el motivo por el cual decidí callar y no insistir.

Eres libre de seguir la vida, de seguir sin mí, como elegiste. Te dejo ir, vete.

Esta es tu sentencia.

El día que plagié a Giovanni

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A lo largo de mi vida he escrito muchísimas cartas, comencé en este oficio a muy temprana edad puesto que nací romántica y apasionada.

A mi primer amor lo conocí en el preescolar. Era el niño más orgulloso que haya existido, pero tenía unos ojos tan hermosos que hacía que valiera la pena tolerarle casi cualquier defecto.

Digamos que se llamaba Fernando por conservar su anonimato.

Fernando y yo discutíamos frecuentemente y todas las veces que eso ocurría yo tenía el trabajo de hacer alguna cosa que provocara la reconciliación. Con la edad que teníamos la forma no era tan obvia como lo es ahora, así que me tocaba usar la imaginación.

No me podía dar el lujo de esperar a que él diera el primer paso, no, yo tenía que hacer lo necesario para que acabara la molestia entre los dos, puesto que sabía perfectamente que de lo contrario él permanecería ausente de mi vida eternamente, desde el momento en que ceder no estaba dentro de sus opciones.

Recuerdo una carta en la que le escribí que por favor volviera a hablar conmigo porque lo extrañaba demasiado. Se contentó automáticamente y seguimos la vida como si nada hubiera ocurrido; volvió a ser mi adorado futuro esposo.

Años después en el colegio conocí a la primera persona que consideró mi escritura como algo digno de aprovechar, era mi mejor amiga y durante el tiempo que estudiamos juntas yo escribí, a petición suya, las cartas que iban dirigidas a todos sus enamorados. Ella me decía con sus palabras lo que sentía por el afortunado de turno y yo me inspiraba en redactar sus sentimientos de la manera más romántica que fuera posible.

Durante esos años de colegio aumentó considerablemente el número de cartas, no solo por los novios de mi amiga sino porque yo tuve la inmensa fortuna de conocer al segundo amor de mi vida.

Entonces escribía constantemente a mano, por correo, en rima, en verso, como fuera. Sentía muchísimo y algo había que hacer con todo eso. Hacía cartas tan cargadas de amor como de terribles errores ortográficos, tan vergonzosos para mí que deseo de corazón que hayan sido destruidas por el tiempo.

Escribí cartas, escribí poemas, escribí hasta grafitis. Regalaba canciones ajenas, me inspiraba y escribía yo misma, unas letras nefastas que mis amigas más cercanas me celebraban.

Recibí algunas cartas también yo, sin embargo no están en mi memoria, posiblemente estaban hechas de frases largas y complicadas, de razonamientos lógicos, de cuidado.

Pero hay una que sí recuerdo, no solo por la particularidad de las circunstancias en que fue entregada y por las características de su remitente, sino también y sobre todo por la hermosura y simplicidad de su contenido.

Yo tenía 17 años, acababa de terminar la última clase y me dirigí al transporte del colegio que me llevaría a casa. Cuando subía los escalones del autobús amarillo con su característico olor a gasolina, alcé la cara y arriba estaba un niñito de 7 años, con su camisa blanca del uniforme bien arreglada dentro del pantalón y peinado como si fuera la primera hora de la mañana.

“Hola ¿Cómo estás?” Lo saludé.

Alzó las manitos y me dio una hoja de cuaderno doblada en cuatro partes.

“A ver qué es esto”, la recibí. Era una carta escrita con letra de 7 años que decía:

“Sé mi novia, a ti nunca te dejaría” Giovanni.

Sin saber qué hacer le sonreí, lo abracé fuerte y le di las gracias.

Era la carta más bonita que había leído. Con poquísimas palabras, decir tanto… un poema hermético.

A ti nunca te dejaría. Es como decir “no te cambiaría por absolutamente nada en el mundo” o “eres todo lo que quiero, eres más que suficiente”. ¿Qué más se podría esperar?

Pasaron varios años y seguí recordando la carta.

Hasta que un día… plagié a Giovanni.

La inmensidad del amor que sentía me convirtió en una niña chiquita de unos 7 años, diciendo, también a mano y en una hoja de cuaderno “sé mi novia, a ti nunca te dejaría. Fernanda”.

Y recibí a cambio una sonrisa, un abrazo fuerte y por supuesto las gracias.

Me consolaré con la esperanza de que jamás sea olvidada la carta que le escribí con marcador rojo al tercer amor de vida.

OVEJAS NEGRAS

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3, 4 y 5 años.

Esas eran las edades, la mía y las de mis dos hermanos. Mi mamá fue muy organizada con sus críos y nos trajo al mundo uno detrás del otro, teniendo especial cuidado en que naciéramos los tres en el mismo mes -febrero- e incluso en fechas bastante cercanas; todo esto con el pragmático objetivo de economizar gastos y esfuerzo, haciendo una sola fiesta de cumpleaños.

Con la llegada de noviembre comenzaron los preparativos para celebrar la navidad en el preescolar, y se acordó la realización de un nacimiento viviente.

Cada niño adoptaría un rol bíblico, con vestuario y actuación incluída. A pesar de que estábamos en distintos niveles, por algún motivo, terminamos los tres en el mismo escenario.

Mamá se había esmerado haciendo nuestros trajes ella misma; tenía talento. Mi hermana llevaba con elegancia un par de alitas blancas: era el Ángel Gabriel y debía cumplir con la fundamental misión de anunciar el nacimiento del mismísimo hijo de Dios.

Mi hermano era un importante rey mago, vestido con tela suave y distinguido por el prestigio de haber hecho un largo viaje con presentes para Jesús.

Y yo… no sé a quién diablos se le ocurrió ponerme de OVEJA.

Parece increíble pero todavía recuerdo ese día. Me encontraba entre el público con papá viendo a Ernesto, mi hermano, declamar con un liqui liqui. Era media lengua y lo pronunciaba todo mal pero su público lo amaba.

Luego pasó Magui a recitar un poema de Andrés Eloy Blanco. Yo la había visto en todos sus ensayos y desde aquellos días “Angelitos negros” sigue siendo de mis preferidos.

Ambos estuvieron increíbles, brillantes: aplausos, felicitaciones, buenos augurios.

Luego de esas presentaciones, para finalizar, se haría el nacimiento viviente.

Sin embargo ya había pasado una cantidad de tiempo considerable y por un lamentable error de logística el disfraz de oveja me lo pusieron desde que comenzó el día.

Fueron horas de estar esperando que tocara mi turno. Sentía calor, tenía sed, quería comer. Y mi condición de oveja lo empeoraba todo.

¿Cómo no? mi traje no era tan fresco como el de mis hermanos. A diferencia de ellos, yo tenía encima por lo menos 10 kilos de algodón pegados a un trajecito blanco que me cubría absolutamente todo el cuerpo. Y ya para el momento en que me llamaron a subir al escenario estaba demasiado agotada.

Pero cumplí con mi deber, subí.

Solo que, una vez arriba, mientras entregaban los regalos traídos del oriente, el calor y la sed ganaron la pelea, de manera que, contrariando todas las instrucciones recibidas, me quité la cabeza de oveja… y me bajé del escenario en pleno acto buscando a papá. Por supuesto que todo el mundo se enteró de aquello. Y bueno, el caso fue un ejemplo casi literal del significado de ser la oveja negra de la familia.

Probablemente tú ya has escuchado esta frase: “fulanito es la oveja negra de su familia”. Puede que “fulanito” seas tú mismo. Si no lo eres, seguro que puedes pensar en esa persona, dentro de tu núcleo familiar, que llena los requisitos indispensables para serlo. Pero si tampoco, entonces, de verdad, lo lamento.

El cuento de la oveja negra resalta el culto a la “normalidad” dentro de una sociedad determinada. Encuentra origen en la necesidad de algunos seres humanos de conservar el control del grupo a través de la conducta similar de las personas. Cualquier diferencia o desencaje que se presente en alguno de sus integrantes atenta contra los parámetros preestablecidos y activa una alerta.

Luz roja: hay una oveja negra. Alguien que se comporta distinto a lo que se espera.

Y ocurre que cuando esa oveja negra está rodeada de un montón de ovejas blancas, entonces comienza a padecer los remedios recetados por los expertos; se implementan una serie de medidas para normalizar a la oveja negra, buscando blanquear su lana de la manera que sea.

Pero también podría correr una suerte distinta: si a la oveja negra la aceptan exactamente como es, si la respetan y la aman, entonces significa que tiene a su alrededor muchas otras ovejas diferentes como ella, que aprecian lo particular porque reconocen su belleza.

Y me he dado cuenta de que es cierto, yo he nacido oveja negra, pero pertenezco al segundo grupo, al de las ovejas suertudas rodeadas de otras ovejas parecidas en esencia, que no permiten que les quiten su color. Lo digo porque presumo de una familia hermosa que se ha reído de mis disparates, que me ha defendido de las ovejas blancas y me ha apoyado en todo momento.

Somos unos impresentables, locos como cabras. Pero es esto: cada vez que alguno de nosotros ha debido ser la oveja negra, ha contado con el resto del rebaño para salir adelante y saber que no es un bicho raro, es solo distinto al resto del mundo.

Por suerte.

Más de mil kilómetros por él

He conocido la meditación recientemente, me he acercado más a Dios, incluso. Tal vez, Señor, si a través de mí pudieras hacer algo…

Ya tenemos la receta:

Juguito de fresa con tomate de árbol, tecito de moringa sin azúcar. Cafecito colado, solo un poquito. Discriminación de lácteos y de carnes rojas. Compotas con galletas integrales para la merienda. Bastante agua y sobre todo muchísima fe.

Es mejor comer así, saludable. Sirvamos lo mismo para todos, porque nos conviene y para que él no sienta ganas de consumir otras cosas.

Durante nuestros almuerzos me habló de sus recuerdos con el abuelo, a quien mantenía vivo en cada frase y de quien había adquirido el nombre Octavio.

“¿Cuántos kilómetros hay de aquí hasta Maturín, abuelo? ¿Como mil, más o menos? ¡Eso es muuuy lejos!

No es tanta distancia, hijo, estaremos cerca. Podré ir a verte cada vez que lo necesites. E incluso si fueran mil kilómetros, Dios me daría fuerza y llegaría hasta ti.”

Esa conversación -me dijo- tuvo lugar el día en que ocurriría la separación que le costó tantas lágrimas.

Aquella tarde la recordaría por siempre; se iría con su madre, dejaría la casa en la que había sido inmensamente feliz y se separaría del abuelo al que amaba tanto.

César Octavio, como los emperadores romanos. Y Dios es testigo de que no le faltó grandeza.

¿Te duele algo, primo?

No vale, estoy fino.

Cualquiera que ignorara la agresividad y los efectos de una radioterapia, habría pensado, viendo la sonrisa de César, que aquello era cualquier cosa. Resultaba imposible sospechar la enfermedad que padecía solo con ver su rostro. Y, los que sabíamos lo que tenía, nos confiamos de sus palabras: siempre estaba bien.

Debía ser así, él debía estar bien. Tenía una familia gigante puesta en oración por su mejora; buena atención médica, una madre abnegada y una esposa excepcional. La guerra estaba ganada.

Jugaba ajedrez con la muerte, todas sus piezas eran de esperanza y sonrisas, de la mejor actitud, de llamadas de sus seres amados, de favores de sus amigos. De plegarias de su abuela y de su madre, del cariño de todos sus conocidos.

Y la muerte, pocas veces retada de forma tan sublime, movió sus más terribles fichas: terror, dolor, dolor intenso, dolor insoportable. Sacó la bestia de 6 cabezas y 32 tentáculos, inagotable, atacando por todos los frentes, sin misericordia, sin compasión: el cáncer.

Una primera operación con resultados buenos, aparentemente. Una segunda, todo en orden. Celebración de bienvenida, alegría, esperanza.

“¿Cómo estás, César?

Estoy bien, fino. Pero ya no quiero más químicos en el cuerpo. No necesito más quimioterapia, estaré bien sin eso.”

Cómo podría alguien dejar de creer en sus palabras si estaban cargadas de sentido. A los hombres buenos no debería ocurrirles nada malo.

Sin embargo recibí la noticia de que se encontraba mal, incrédula pero sin atreverme a hacer demasiadas preguntas decidí que era necesario viajar a verlo.

Esta vez no pensé en las horas de camino y en el consiguiente cansancio; también me olvidé de las palabras que yo misma había pronunciado la última vez que estuve en Maturín, cuando, molesta por no poder regresar a Caracas afirmé que no quería volver a tocar una carretera si no era para ir a Maiquetía.

En aquél momento era casi comprensible mi rabia; había salido solo por dos días que se convirtieron en siete por orden de las circunstancias. Me sentía secuestrada, privada de libertad de forma ilegítima, arrebatada del libre tránsito.

497 kilómetros recorridos para llegar a su casa, dándole fuerza a mamá durante todo el camino, escuchando los cuentos de César cuando era un niño, riendo, disimulando el llanto, soñando con poder hacer algo, alguna cosa que pudiera ayudarlo.

“Compró cuatro gallinas ponedoras y todos los días reunía cuatro huevos para alguno de sus cuatro hermanos. Eso no lo hace más nadie” le escuché decir a una de sus hermanas, mientras lloraba.

Recorrí el patio de su casa y pude ver todos sus animales, había también un gallo, un morrocoy, un pajarito, tres hámsters. Y sus dos perritos, Terón y Chapi.

Es posible que haya nacido amando la fauna entera pero también es posible que lo haya aprendido en la casa de sus abuelos. He sabido que su primera adquisición al llegar a la ciudad -luego de la terrible separación- fue un pollito al que cuidaba como a un hijo.

Llegué dos horas antes de las 8:36 pm.

A tiempo para decirle -por última vez- que lo amaba y que le agradecía profundamente todo lo que me había enseñado, sin siquiera proponérselo, tal vez. Solo con su ejemplo, con su día a día, con su vida.

Nunca antes había visto tanta gente triste. Me refiero a verdaderamente triste, lamentando la pérdida de una persona desde el corazón, conscientes de que les faltaría alguien que había significado tanto.

Parecía que se trataba de un personaje público. Veía cómo iba llegando gente, no cabían. Me tocó saludar a personas desconocidas proveniente de todas partes.

Su familia, sus vecinos, sus clientes, el médico que lo atendió no sé dónde, el mecánico que le arreglaba el carro, los compañeros de la iglesia a la que asistía, los trabajadores de las farmacias en donde compraba sus medicinas.

Cada quien con su historia particular con César; distintas todas pero coincidían en la conclusión: él era una persona única, maravillosa.

Mientras todo ocurría, lo imaginaba sonriendo, como lo había visto siempre. Y pensaba en sus recuerdos con el abuelo cuando comencé a sumar todos los kilómetros que se habían recorrido por estar ahí, eran, con mucho, muchos más de mil.

Varios de Caracas, otros más de Puerto Ordaz, gente de Puerto la Cruz, de Cumaná, de San Antonio. Y no sé cuántos lugares más.

¿Cuántos kilómetros, abuelo?

¿Como mil?

Aquella pregunta que hizo por considerar que era un número elevadísimo, una distancia infinita que lo separaba del que había sido hasta ahora su único padre. Y que el abuelo estuvo dispuesto a recorrer con tal de verlo, la hicimos entre varios, por él.

Por haberlo querido tanto, porque fue tan especial, porque todo lo que tenía lo compartía, porque siempre regalaba sonrisas y fuegos artificiales en diciembre, porque fue buen hijo, buen hermano, esposo, amigo, nieto, primo, jefe. Porque fue una extraordinaria persona.

Por él, mil kilómetros de ida y otros mil de vuelta.