TODOS LOS MARES, MI MAR

Julio Cortázar ha dicho “todos los fuegos el fuego” y “todos los mares, el mar”. Una alegre afirmación, pues evita la tarea, delicada y engorrosa de tener que comparar.

Sin embargo tal precepto hay que tomarlo con pinza. Es deber considerar otras buenas opiniones, se me viene a la cabeza aquella que deja claro que es el tiempo que se pasa con la rosa lo que la hace especial. Pues es así, así lo creo. Yo jamás podría afirmar “todas las montañas, montaña” y mucho menos, todos los mares, mi mar.

No es que sea nacionalista, Dios me libre de ese mal. Pero cuando hablo de mar y montaña pienso una en particular, en el mar que en Venezuela baña la Costa Oriental y en el Ávila en Caracas que me limpia todo mal.

Como esta montaña, juro, no he conocido otra igual, aunque existen otras tantas hermosas para observar, los gloriosos Alpes o los Andes imponentes, picos altivos e indomables en el mundo hay un millar. Pero la montaña mía, la que quiero respirar, se le dice Sabas nieves, los venados, galipán.

Esta montaña bonita, me ha sabido acompañar a lo largo de mi vida en lo menos y en lo más. Comprendo que no podría ligeramente afirmar, así como cualquier cosa, “todos los mares el mar”.

Esto que apenas he escrito me hace ajuro recordar cuando el rubio principito, se encuentra con un rosal y piensa todavía en su rosa, la única de su mundo, idéntica a todo el resto y a la vez sin otra igual.

Lo que siento por mi cerro, es lo que siento por el mar que conozco desde niña, que fue mi segundo hogar. La playa que con paciencia me enseñó cómo nadar, el muelle en el que aprendí que pescar me hacía llorar. Ese mar que me brindaba sorpresas a cambio de nada: delfines una mañana, por la tarde un raro pez, erizos, corales y sustos más de una vez.

Arapito, Colorada y el puerto de Santa fe. Combustible para el barco, pescado para la cena y un postgrado en construcción de castillitos de arena.

Admito que no podría decir sin ninguna pena, todos lo mares el mar, porque el mar que a mí me llena, es el mar que está en la costa oriental de Venezuela, y si he conocido otro, por bueno y bello que fuera, aunque lo haya disfrutado me he sentido en casa ajena.

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¿Error o destino?


Historia del blog y del nombre:

Error o destino.

Este tema me intriga. Yo ya había decidido que es absurdo creer en el destino porque cada quien construye su propio futuro. De hecho, lo creo todavía.

Sin embargo, hace unos meses me pasó algo tan curioso que todavía no he logrado encontrar una explicación que me deje conforme. 

La historia del nombre empezó hace varios años ya. 

Antes de terminar el colegio yo estaba absolutamente segura de lo que quería estudiar: Comunicación Social, puesto que mi sueño era ser escritora. 

Hice públicas mis aspiraciones entre mis conocidos, lo cual no fue óbice para que el subdirector del colegio continuara en su empeño de decirme “l’avvocato” (la abogado). Con este adjetivo se olvidó de mi nombre y siguió llamándome así, haciendo mayor énfasis cada vez que yo me veía inmersa en alguna discusión de salón. 

L’ Incerpi -como llamábamos al profesor- aseguraba ser un experto de la quiromancia. Y fue en mis manos en donde creyó ver mi futura profesión. Él estaba absolutamente convencido de ello. Yo, por supuesto, no le creí nada. 

“Estás loco ¿cómo vas a saber tú más que yo sobre lo que voy a estudiar?

-Ya tú vas a ver, yo le he adivinado el futuro a más de uno”. 

Daban igual sus vaticinios; los delirios de oráculo de un matemático no incidían en mí. Solo quería que dejara de decirme “l’ avvocato”. 

Terminé el colegio y ejecuté mi plan: me inscribí en Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello; fui aceptada y solo quedaba esperar que comenzaran las clases. 

Mientras eso no ocurría fui de viaje con amigos y regresé a Caracas solo cuando faltaban dos semanas para el inicio del primer semestre.  

Estando en casa me dediqué a leer. Creo que leí primero “Los cuatro reyes de la baraja” de Herrera Luque y luego “El sari rojo” de Javier Moro. Ambos libros son maravillosos. 

Pero ocurrió con el segundo que me cautivó. Tenía todo para hacerlo: era una historia real ambientada en un país del que me enamoré desde el momento en que supe que existía: La India. Y protagonizado por una familia a la que admiro muchísimo: los Gandhi. 

Todavía con lágrimas en los ojos, al terminar la última página quise saber quién era el autor. Así que leí la biografía. Interesante. Era abogado, decía. Y había viajado muchas veces a la India para escribir el relato.

No tardé demasiado en llegar a esta conclusión: él viajaba, escribía y, además, era abogado. Entonces yo podía hacer lo mismo, sería como tener dos profesiones por el precio de una. 

Todo cambió en ese momento. Ahora quería estudiar Derecho. Y no solo eso… ya no quería estudiar Comunicación.

Me fui a la universidad inmediatamente para remediar mi desacierto inicial. Pero no había nada que hacer, ya iban a empezar las clases y no había ni un cupo disponible. 

Irónicamente, como si me hubiesen negado la posibilidad de estudiar la carrera que había querido toda la vida, sentí ganas de llorar  

Me senté en un banquito de una pequeña fuente para serenar mi mente. Consideré todas mis opciones y me negué a perder un año estudiando una carrera para después hacer el cambio, como me habían sugerido. Era más fácil seguir insistiendo.

Entonces la perseverancia encontró recompensa en la buena voluntad de las personas que estaban en la posición de ayudarme. Conseguí el cupo, sería abogada. 

Actué con honor y le hice saber al profesor adivino que él había ganado nuestra apuesta tácita. Con eso, seguramente, alimenté su ego -que no estaba nada flaco-. Pero no tenía otra opción, era lo justo. 

Durante la carrera ocurrió lo impensable: me olvidé de la escritura y me enamoré del Derecho. 

No escribía más que en los parciales y en mis cuadernos cuando tomaba notas en las clases. 

Había abandonado la escritura. Pero las leyes no tuvieron nada que ver con eso. Yo sospecho que lo que influyó realmente fue mi ruptura con quien -creía yo- era mi única fuente de inspiración. En aquel momento me parecía que tenían íntima relación.

Un día, cuando ya faltaba poco para finalizar la carrera, recibí una llamada muy especial y bastante emotiva: “sonreí durante toda la conversación, conversé durante toda mi sonrisa”. Cuando colgué el teléfono, comencé a escribir. Y cuando paré de escribir, yo era ya una persona nueva. O más bien, renovada. 

En ese momento conocí el arte. La escritura como método de sanación y de evolución. Descubrí que con el dolor también se podían hacer cosas bellas. Leí lo que acababa de crear y sentí ganas de compartirlo. 

Entonces quise un blog. 

¿Qué nombre ponerle? 

Debía ser algo significativo para mí. Y no pasó mucho antes de encontrar el adecuado. 

Había algo que me había cambiado la vida de la forma más inesperada: un libro. 

“Se va a llamar El sari rojo. Pero en vez de rojo, “rouge” que es lo mismo pero en francés. Así hago una mezcla de idiomas”. Con lo que me encanta la diversidad de culturas, pareció una buena idea que esa característica mía, tan acuariana, estuviera reflejada en el nombre de mi blog. Elsarirouge. Sí, me gustó. 

Siempre que me preguntaban el motivo de tan peculiar y complicado nombre, yo contaba su historia, sin mayor análisis. 

-“Fue por un libro cuyo autor era abogado. Quise matar dos pájaros de un tiro”.

¿Había sido casualidad? ¿Había sido destino? Ninguna de las dos. Había sido una decisión mía. Pero eso sí: una decisión que había cambiado absolutamente el rumbo de mi vida. Y que la tomé gracias a una biografía. 

No había nada que evaluar. 

Sin embargo, hace unos meses, quise hablar de “El sari rojo” de Javier Moro. Y para hacerlo mejor, tomé mi libro y lo volví a abrir -por primera vez después de que lo cerrara tantos años atrás, con la inamovible decisión de ser abogada-. 

Lo primero que hice, por supuesto, fue buscar la página de la biografía. Fui directo porque sabía exactamente dónde estaba. Recordaba incluso la camisa que usaba el autor en la foto. 

Comencé a leer, sonreída por el reencuentro. Pero se me fue quitando la sonrisa. Terminé de leer. ¿Qué había pasado? Fui a la última página, nada. Revisé la portada, tampoco. Fui a Google. Absolutamente nada. 

No encontré nada. 

Javier Moro no era abogado. Era de todo menos abogado. 

Cómo es que recordaba algo que no había estado nunca. Yo lo había leído en esa página. Sin embargo, nada decía. 

Estudié Derecho porque creí ver algo que no había visto. 

¿Fue un error? ¿Cómo pudo ocurrir algo así? Todavía recuerdo la foto. La camisa. El bronceado del autor. Y que era abogado.

Pero no, no lo era. 

¿Fue la vida la que lo quiso así? ¿Fue el destino? ¿Fue el profesor? ¿Fueron mis manos? No comprendo.

No tengo la respuesta, es terrible. Podría decir cualquier cosa y nada sería certero.

Pero yo quiero pensar que la vida lo quiso, que me equivoqué de dirección para encontrar el camino correcto.

    Que Dios eligió guiarme

Y ahora que sospecho posibles estos llamados inexplicables, que pueden venir tal vez disfrazados de libros o de errores o incluso de destino, intuyo la probabilidad de que lo que me pasó aquella vez, me esté volviendo a ocurrir. 

Y si fuera así, yo se los haré saber en otro escrito. 

Me he enamorado de Caracas

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Me he enamorado de Caracas
De la Caracas que fue,
Contra eso he comprendido que ya nada puedo hacer
Pues, aunque amo a la de ahora
Me enloquece la de ayer.

Me he enamorado de Caracas
De la Caracas de antier
Que conocí en una foto hecha antes de yo nacer
Y la he visto tan bonita
Que creo que fue el mismo Dios
El que la ha mandado a hacer.

Tengo la imagen conmigo
Y es como volver el tiempo: imagino que le digo, que la escucho, que la siento.

Qué iba a pensar, Caracas, dejándose retratar, que tantos años después yo ahora la estaría viendo.

 

Reconozco sus caminos, y el altar verde de fondo,
Imagino sus sonidos y con eso me conformo.

Olor a campo en ciudad y mucho más fresco el aire,
Con caraqueños pescando a orillas del río Guaire.

¿¡Qué no daría por pasear a caballo todo el valle pudiéndola contemplar sin que ningún edificio me obligue a perder detalle!?

Me he enamorado de Caracas, de la historia de sus calles, de sus mitos, de sus cuentos, de sus casas coloniales.

Del rojizo de sus techos, del nombre de sus esquinas, de la variedad de templos, de sus santos, de su fe.

Caracas: tierra divina, suelo fértil, cafetal, cacao, ríos, montañas, clima noble y cerca el mar.

No me cabe en la cabeza cómo hoy te hacen tanto mal.

Me he enamorado de Caracas
De la Caracas que fue, contra eso he comprendido que ya nada puedo hacer
pues, aunque amo a la de ahora me enloquece la de ayer.

UN PAÍS DE DOCTORES

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Me he pasado dos horas escuchando a Cortázar en una entrevista del programa español “A fondo”. No me aburrí ni un segundo y estuve siempre atenta, como si estuviera viendo una película de suspenso, disfrutando cada palabra que dijo. Me enteré, con gusto, de su vida entera: de que leía muchísimo desde que era un niño, de que siempre fue un introvertido, de que hacía novelitas que eran casi un plagio de las obras de Poe.

Me enamoré de su acento a veces francés, a veces argentino. Y de su mala pronunciación del español; experimenté ansiedad al verlo fumando un cigarrillo tras otro.

Supe que vivió, cuando era muy pequeño en una ciudad de España llamada Barcelona, que está llena de arte por todas partes, repleta de Gaudí, particularmente. Y quedé con tantas ganas de ir yo también y recorrer sus calles.

Me gusta Cortázar.

Y me enteré de algo muy curioso: no pudo terminar la universidad.

No pudo porque no tenía dinero. Sin embargo, años después, su determinación como autodidacta lo llevó a ser profesor en una de ellas.

Recordé que cuando estaba haciendo los trámites para la inscripción en el curso de locución de la Universidad Central de Venezuela, vi que en los comentarios de la página web una persona se quejaba de uno de los requisitos de admisión: tener título universitario.

¿Acaso ese documento es garantía de que una persona sabe usar el lenguaje de forma adecuada?

En algún momento leí un curioso pie de página en el que Grisanti Aveledo comentaba que “Venezuela es un país de doctores”.

Esto porque en mi país, tal vez por la educación gratuita y de calidad de la que gozamos en algún momento, a toda persona se le impone como compromiso social acudir a la universidad y obtener un título, no importa lo que vaya a hacer después con él: si lo guinda en una pared de la casa de sus padres, estará bien; lo importante es tenerlo.

Como si todo el mundo estuviera hecho para el estudio y como si no fueran necesarios otros oficios. En un país con tanto llano y tierra fértil ¿cómo no va ser importante un agricultor o un ganadero?

Que no a todos les gusta el estudio, que los he visto frustrados en las clases y desperdiciando tiempo que podrían invertir en encontrar su pasión.

Que no necesitamos tanto título, necesitamos gente haciendo lo que realmente quiere hacer, realizándose de verdad, porque de esa manera, nadie tiene que ser obligado a hacer las cosas bien, porque hacerlas bien es lo que les nace.

Que el título no puede ser un requisito para ser admitido en un curso de locución. Y con esto no quiero decir que no deban existir filtros para entrar, sino que ellos deben guardar relación con la labor que se va a desempeñar.

Que a Julio no le hizo falta un título para mantenerme absorta por horas escuchándolo hablar de su historia y admirándolo en cada frase.

Ese título tampoco lo necesitó para fascinar a tanta gente con sus cuentos, con sus libros, con sus traducciones, con sus clases. El profesor universitario sin título universitario.

No lo necesitó porque cumplió con el único requisito indispensable para hacer las cosas bien en la vida: amar completamente lo que se hace.

El milagro no es caminar sobre el agua, es caminar sobre la tierra.

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“El milagro no es caminar sobre el agua o volar por el aire, el verdadero milagro es caminar sobre la tierra”.

Esta frase la leí en el pie de foto de su última publicación en Instagram -de hacía varios meses- por una de esas casualidades que parecen haber sido planificadas meticulosamente por los ángeles.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Decidí dormir.

Pero antes puse la alarma a las tres de la mañana, pensando en que allá, por la diferencia de horario serían las 9… y a esa hora ella tendría la cita con el médico.

Desperté sobresaltada con el sonido estridente, justo a la hora programada. Nerviosa, con el estómago empuñado. Llegó el momento, tomé el teléfono para escribirle pero pensé que sería más prudente esperar a que hubiera finalizado el encuentro. Ese encuentro paciente-médico que ocurriría a miles de kilómetros de distancia y que me tenía sin poder hablar sin llorar. Sin poder pensar con claridad. Con miedo, con tanto miedo.

No era cualquier paciente.

Puse mi celular a un lado y estuve pensando. Me quedé dormida.

Me quedé dormida y desperté repentinamente. Esta vez sin ninguna alarma; desperté por mi cuenta. Según mi cálculo, para ese momento ya habría terminado la cita. Tomé el teléfono, con el corazón descontrolado – tanto, que sentía la presión de la sangre en mi cabeza-. Abrí la conversación con Maghi. Leí unas líneas que cambiaban toda mi vida por completo.

¿Cómo era posible aquello? Que había sufrido un daño tan grave que no podría volver a caminar. No lo quiero creer. Daría cualquier cosa por cambiar ese mensaje que recibí. Cualquier cosa.

La niñita que creció conmigo, que me enseñó a caminar… no podía estar pasando.

Tantas veces pedí por ella, por que se curara ¿Cómo Dios me hacía eso? No era posible.

Dolía tanto que tuve que llorar. Y lloré tanto que desperté.

Despertó mi cuerpo.

Me di cuenta de que en la espera me había quedado dormida y había tenido una pesadilla en la que despertaba, veía el teléfono y leía.

Reaccioné. Era solo un sueño.

Entonces hice lo mismo que hace unos minutos… pero esta vez en la realidad.
Tomé mi teléfono rápidamente y abrí la conversación con Maghi.

Decía que estaba bien, que estaba mejorando, que había logrado pararse sola, por primera vez luego del accidente. Había una foto suya de pie, con un chalequito que le ayudaba.
Había tenido un accidente en moto quince días atrás. Los peores de mi vida.

Despertó mi alma. 

Seguí llorando pero esta vez sonriendo. Llorando para dejar ir, sonriendo para recibir la noticia que tanto esperé; la única que me interesaba en ese momento. Sentí un agradecimiento tan pleno que intuí que era felicidad pura.

Quedé sensible a la vida a partir de ahí.

Pensé en todas las cosas que aspiraba -y que sigo aspirando- pero entendí que todo lo que tengo ahora es infungible. Lo que tengo ahora no es susceptible de ser permutado. Ver, caminar, oler, sentir, pensar, oír, reír, disfrutar. Escribir.

Tengo conmigo lo que más quiero, lo que más deseo, lo que más aprecio, lo que no cambiaría por absolutamente nada. Entonces solo puedo estar agradecida.

Y el agradecimiento, lo entiendo ahora, es la felicidad misma.

Maghi, que era la paciente, es mi hermanita mayor.

Y sigue caminando, bonito como todo lo que hace.

Sigue caminando como cuando me enseñaba a mí a hacerlo.

Y yo crecí más, otra vez gracias a ella.

V DE BACA

 

v de baca

Sobre la plataforma verde de la pequeña pizarra aparecieron 4 letras blancas, dibujadas con tiza y comprendí que mi primo había logrado el objetivo: escribir la palabra “vaca”.

Cumplió así con la asignación impuesta por la implacable maestra – mi hermana- con seis años de edad y, por supuesto, mucha más experiencia que nosotros que apenas contábamos cinco.

Tocó entonces mi turno y adelanté diciendo que conocía otra forma de representar con letras el nombre del mismo animal. Me acerqué y escribí: b a c a.

Inmediatamente, la maestra, como si hubiese estado esperando mi error, gritó apasionadamente para resaltarlo: ¡está mal, vaca solo se escribe con uve!

Solicité la explicación de su afirmación y, sin embargo, por respuesta solo obtuve que era así y ya.

Ante tal contestación, me quedé sin conseguir motivo que justificara condenar a una palabra a ser escrita con una sola letra, existiendo dos que lograban hacerle el mismo favor. De manera que me pareció absurdo todo aquello; repetía en voz baja “v de vaca y b de burro”. Por más veces que lo pronunciara, me parecía que tenían el mismo sonido.

Fue más adelante que logré captar la diferencia, pero ese día definitivamente no. Lo que sí me quedó claro y comprendí perfectamente fue que, en adelante, no podría escribir nunca más la palabra “baca” para referirme al ganado.

Este fue mi primer encuentro con la ortografía:

Se me dijo, con la “sutilidad” y “diplomacia” que caracteriza a los niños, que las palabras vienen ya con una fórmula y que yo no podía escribir como me diera la gana.

Como si fuera poca cosa, horas después me enteré de la importancia de la “h” y por más explicaciones que pedí, nadie supo decirme por qué tenía que usar una letra que jamás había escuchado. “Es muda, no la oyes pero igual la tienes que poner”.

 

-¿Cuándo debo usarla?

-Ya te irás enterando.

-Me parece que iglesia debería empezar con h.

-No, esa empieza con “i” solamente.

 

¡Qué tragedia!

¿Cuál era la necesidad de complicar así las cosas?

 

Consideré imposible aprender de memoria todas las palabras que requerían una “h” al principio y mucho menos intercalada. Me sentí derrotada por las letras.

¿Cómo iba a escribir tan rápido como mamá? ¿Cómo mi padre podía leer libros tan grandes y sin dibujos? ¿Cómo adivinar en dónde debía poner las comas, que me parecían puestas en los textos al azar?

Años más tarde he comenzado a darle valor al conocimiento de las palabras y sobre todo del lenguaje. Sin embargo, sigo sin horrorizarme ante ciertos errores ortográficos, es decir que no comparto la rigidez insípida de juzgar con tanta severidad pequeños descuidos. A mí me ocurre algunas veces que cambio una ge por una jota. Me pasa, por ejemplo con la palabra jengibre que, esta vez la escribí bien al primer intento, pero no siempre es así. Aun así, soy más inteligente que un diccionario.

 

Por otro lado, un error de ese tipo es distinto y menos grave a los que evidencian una falta de comprensión en el idioma, algo en lo que no soy experta yo tampoco pero me manejo decentemente por la intuición que desarrollé en las clases de gramática. Solo ahora logro comprender su importancia.

He llegado a creer que de la buena o mala relación que tengamos con las palabras depende nuestro pensamiento todo.

¿Cómo podríamos saber que algo nos duele si desconociéramos el vocablo dolor? En ese caso, lloraríamos sin saber qué nos pasa y mucho menos cómo expresar nuestra pena.

He notado algo curioso: cuando se aprenden otras lenguas y se adquieren definiciones nuevas, con una precisión que no encontramos en nuestro propio idioma, ampliamos nuestro mundo, se nos esclarece la mente porque hemos encontrado el molde perfecto para crear un pensamiento y expresarlo.

Y es por falta de acercamiento a las palabras que vemos tantas veces personas que se quedan torpemente trabadas en el intento de decir.

Comprendo entonces, que no quiero ser yo quien grite que vaca solo se escribe con uve, pero eso sí, estoy absolutamente convencida de que es necesario un acercamiento más comprometido con nuestro idioma.

Bajé a buscar la luna

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Bajé a buscar la luna.

Explico.

Vivo en un edificio pequeño, rodeado de edificios mucho más altos y no siempre permiten ver lo bello del cielo.
Es casi triste pero me consuela poder ver siempre la cruz del Ávila desde la ventana de mi cuarto.
Bajé a buscar la luna pero no la encontré por ninguna parte.

Abrí la reja y salí del edificio, salí a la calle, en ropa de estar en casa pero de noche, con pocas posibilidades de encontrar gente que juzgue mi atuendo… pero con más riesgos.
El riesgo lo asumí.
Pareció peor quedarme con las ganas de ver la luna.
Crucé las fronteras de la calle en que vivo y me adentré en otras, conocidas pero ajenas. Entonces, detrás de un edificio de unos cinco pisos, que tuve que circundar un poco, la encontré.
Estaba ahí, enscondiéndose inútilmente, pues tenía medio cielo iluminado. Cuánta luz.
Luna menguante. Está menguando la luna en este momento.
Lo sé porque hace dos días, escuché la explicación a cielo abierto cuando, extasiada como hace un momento, miraba hacia arriba complacida por tanta belleza, y pensé en voz alta: luna llena.
Y un campesino que estaba al lado me comentó que dentro de poco podría sembrar las matas de cambur porque la luna estaría menguante.
Le pregunté cuánto tiempo duraba la luna estando llena y respondió “dos días”. No he verificado que la información sea cierta, no lo he consultado con nadie. Sin embargo confío.
Parecía que sabía de lo que hablaba.
Yo no había entendido qué relación tenían los cambures con la astrología y me explicó algo bien curioso: si siembras las matas cuando la luna está menguante los racimos nacen juntitos, si lo haces en otra fase lunar, nacen separados, cada racimo a distancia del otro así que son menos los frutos.
No tengo idea de cómo funciona pero lo creo.
Entonces la cita con la luna menguante era hoy. Porque hace dos días empezó la luna llena. Dos días después… Menguante. La luna que se me quiso esconder pero no pudo. No pudo porque yo la quería ver.
Y cuando quiero ver algo, cuando quiero ver a alguien, lo hago.
Eso debería saberlo ya.
Tal vez solo quería que la encontrara.
Pues bien, yo la encontré.

Me enseñaste a ser cobarde

Si alguna vez ocurre nuevamente

que de frente me interroguen

no vacilaré en mentir.

Afirmaré lo falso, negaré lo verdadero

callaré elegantemente

aunque muera por decir

Comentaré a alguien que escribí una carta

que no entregué nunca porque la escondí

Y que el chocolate negro que duró conmigo más de una semana

era para ti.

Mira ¡qué pena tan grande!

Me ha tocado desistir de las mil cosas que haces

de las diez voces que tienes

de tus signos zodiacales y de tu risa infantil,

por haber dicho de más, por no saber evadir.

Ahora creo fervientemente que es virtuoso el ocultar,

tanto como el ser honesto

Y  menos vale apurar que el hecho de ser paciente

Pero eso sí, te aseguro que voy a estar muy pendiente

porque si de algo ha servido tu alejamiento reciente

es para saber captar que gana más el que miente.

He aprendido ya bastante

Creo que se me amplió la mente

Me enseñaste en media tarde a dejar de ser valiente.

Ya hasta admiro a los cobardes, de verdad ¡tremenda gente!

Si yo fuera como ellos, ahora estarías presente.

Seguro estaríamos bien, hablando serenamente

de tu pez, signo solar, o de mi toro ascendente.

Pero no, claro que no… porque quise ser valiente.

 

 

 

CAMBIEMOS DE TEMA

paraguasHace ya varias semanas comencé a emplear un proyecto personal, una especie de experimento en el que quería constatar los efectos de cambiar la actitud ante la crisis. Leí en algún lugar una frase que decía “sé embajador de esperanza” y compré la idea rápidamente.

Desde entonces, lo he estado aplicando y he verificado, con satisfacción, los buenos resultados.

Una tarde, iba caminando y me encontré a una amiga que conocí en la universidad. Una persona generalmente muy alegre, característica que hizo resaltar lo desanimada que se encontraba en aquella ocasión. Tuve la oportunidad de poner en práctica el experimento y no la desaproveché.

Al verla, me alegré genuinamente y se lo hice saber. Además, no fue difícil enterarme del motivo de su tristeza: la situación del país. El tema.

Diagnosticado el problema, de inmediato me esmeré en darle solución; que para mí, fue más o menos como hablarle de la luz al final del túnel, esa que ella, no estaba logrando ver. Le sugerí, a manera de ejercicio, que visualizara sus aspiraciones -las que fueran- y tomara fuerza de ahí. Que hablara más bien, de lo que para ella sería una solución y no tanto de lo que constituye un obstáculo.

Seré honesta, yo creo firmemente en la utilidad de lo que le recomendé. Sin embargo, respeto la opinión de quien pueda considerarlo algo meramente fantasioso, místico -y es probable, además, que tenga razón-. Esa misma persona podría decir de mí, a manera de chiste, que me encuentro ejerciendo funciones de libro de autoayuda parlante, y también en este caso, podría tener razón.

Sin embargo, hay algo que sí es seguro e irrefutable y es que el efecto que yo buscaba lo logré. Vi su cara, sonrió, le brillaron otra vez los ojos. Se alegró, tal vez por un momento, quizá solo durante el ratito que estuvo conmigo… pero lo logré.

Con base en esta experiencia, es que los invito a cambiar de tema.

¿Qué tema? El tema de siempre. El eterno tema. LA SITUACIÓN DEL PAÍS.

La verdad, es que todo el mundo anda hablando de él. En todo lugar y en todo momento puede surgir la siguiente pregunta: ¿y tú por qué no te has ido? O esta otra: ¿a qué país te gustaría irte? Seguido de varios comentarios con respecto a las facilidades o dificultades que ofrecen los distintos países-opciones y por supuesto, los tediosos trámites para los documentos.

A mí me parece hermoso hablar de todas esas cosas porque casi siempre implica hablar de metas, de aspiraciones, de proyectos, de futuro. El problema radica en el “casi” que significa que no es siempre. Y no es siempre porque en muchas otras ocasiones implica hablar de frustraciones, de limitaciones y de aparentes túneles sin salida.

Pero además, se ahonda en la causa por la cual todo el mundo se está yendo y por la que quienes no se han ido, quieran hacerlo o al menos, sopesen la necesidad de. Y este ahondamiento es lo que más agota.

Yo recomiendo recordar que el amigo al que se encuentra por la calle está-vive-sufre-padece-goza el mismo país loco que usted y que yo. Que tiene preocupaciones parecidas a las suyas y problemas similares. No necesita -ni usted ni él- hablar 24/7 de ellos, porque no por eso van a dejar de existir. Por el contrario, se hacen más pesados.

En este punto quiero hacer una pregunta.

¿Realmente cree usted que esa persona a quien le habla, no sabe que existe un nivel altísimo de delincuencia? Que la inflación ya no es inflación sino que se convirtió en hiperinflación, que hay corrupción, que ayer mataron a fulanito, que existe un montón de gente que se alimenta de la basura, que resurgieron, como el fénix, enfermedades que ya se consideraban erradicadas, que no hay comida, que la comida está carísima.

¿Lo saben o no lo saben?

Respondo yo ¡todos lo saben!

Sí, lo sabemos todos.

No obstante, alguien podría refutar afirmando que el tema de la situación de Venezuela es muy importante, que los problemas que le afligen son graves y que por lo tanto no deben ser callados, no deben ser negados, y tienen que ser hablados.

Y es cierto, deben ser hablados. Pero no siempre. Puesto que resulta altamente contraproducente contaminar los encuentros con los amigos o conocidos sin discriminar momento. Me ha bastado observar la expresión de los rostros y el lenguaje empleado durante alguna conversación sobre la crisis, para constatar su efecto: se generaliza la sensación de impotencia y el nivel de ánimo promedio baja considerablemente.

Es por esto que mi invitación es a aprender a administrar bien el tema, lo que implica no comentar a toda hora la crítica situación que está viviendo este país, porque la verdad es que a todos nos afecta y todos la sufrimos, y también todos merecemos escudarnos de eso y pasar momentos agradables, sonreír, generar endorfinas, sanar, apartarnos del problema.

Yo propongo que nos brindemos la oportunidad de producir sonrisas y no sigamos multiplicando lamentos.

Cambiemos de tema.

NO ESTAMOS EN DICTADURA

dictadura

Cercenan

la información

Silencian

lo que no conviene

Y con su imprenta hasta la sangre tapan

 Y con la fuerza

la verdad se queda muda

 Se lavan las manos

Levantan la voz

y se les escucha decir:

¡No estamos en dictadura!

Dicen también,

Como un mantra

que antes todo era peor

 que criticamos por no conocer nuestra historia

que la derecha es el diablo

 que el socialismo es la gloria

Que la propiedad es un vicio y la comunidad la cura

 pero despilfarran plata

por la morbosidad más pura

Juran por todos los santos que gozamos libertad

que tanta felicidad nos pone la mente oscura

que esto es lo que ustedes quieran

pero nunca dictadura

 “No es utopía, es posible

Y lo lograremos con tu ayuda.

Miren que, pese al bloqueo, se ha logrado mucho en Cuba.

Es cierto, no tienen nada

pero tienen dignidad que es el mayor de los bienes”.

-No, señores,

la verdad, es que solo hay dignidad

en aspirar a lograr,

con el propio esfuerzo,

aquello que aún no se tiene.

“Somos amor y esperanza”

mienten con su cara dura

mientras matan estudiantes

 pero no

 claro que no

¡No estamos en dictadura!

Si a usted le parece fuerte la palabra “dictadura”

 digámosle “religión”

ya que han endiosado una figura

y en sacrificio le ofrecen el dolor y la amargura

DE UN PUEBLO

que entiende y sabe que aunque a veces sea hasta ruda

no hay que hacer por un capricho

que la vida sea más dura.

30 de julio 

MKMM

Trece años y una profesora de historia judía era lo que yo tenía en aquel momento.

En mitad de una clase sobre la Alemania de Hitler, le escuché decir que era importante conocer la historia porque siempre se repite. Sobran ejemplos de los eventos que pudieron evitarse con la sola lectura del pasado; son los personajes los que cambian pero la naturaleza del humano continúa siendo la misma.

Pensé en voz alta: imposible que vuelva a ocurrir en el mundo alguna cosa tan atroz, mucho menos en Venezuela. Me respondió: sigue siendo posible, Fernanda. Incluso hoy, incluso aquí, es por ello que insisto tanto en este tema.

No recuerdo el día ni la fecha pero las palabras se me quedaron grabadas para siempre, no sé por qué, porque no las creí, seguí pensando que yo tenía razón.

Hace un tiempo comencé a tomarlas más en serio. Y hoy –no quiero ni pensar en cuántos años después- las creo. Comprendo que nunca se sabe cuándo va a llegar el mensaje, por eso hay que enviarlo, aunque en principio parezca que se ha perdido. Aunque se pierda, incluso.

30 de julio de 2017: logré mantener casi intacto mi ánimo, hasta que vi las fotos de los magistrados que conforman el TSJ, votando, sonrientes por la eliminación de nuestra Constitución, de nuestro Estado de Derecho, de nuestra República.

Fotos que dicen que están felices con lo que hacen y con lo que está pasando, fotos que envían un mensaje al Ejecutivo: estamos cumpliendo el trato. Y un mensaje al resto del país: ríndanse, que la justicia no existe, no aquí, no ahora; si quieres mejorar tu vida, vete.

Me viene a la mente la clase de historia: países cómplices, gente enriqueciéndose de manera exagerada mientras otros morían, por armas o por hambre o por dolor. Pueblo apoyando aquel régimen. Leyes hechas a voluntad del tirano, tribunales puestos a su disposición. Ejecución sin proceso, jueces del horror. Dejà vu.

Guardemos esas fotos.

Porque llegará un momento en el que sus personajes dirán que ellos no quisieron, que no estuvieron de acuerdo. Que el dinero lo obtuvieron de la forma más honrada, que la culpa es de otro. Lo harán sin vergüenza en la cara, al igual que hacen lo que están haciendo ahora. Entregan su país y se lavan las manos, se retratan orgullosos porque están guapos y apoyados.

Cerremos los ojos y pensemos que vemos el futuro por el hueco de algún cerrojo. Y ahí están los magistrados, los ministros, recibiendo “lo suyo” que sería justicia en palabras de Ulpiano. Y que vemos en sus rostros el mismo miedo que hoy nos ahoga. Pensemos que las sonrisas, entonces, estarán en las caras de la gente, de los venezolanos.

Pensemos en el futuro para sobrellevar el presente y mientras tanto, hagamos el expediente. Guardemos las fotos porque llegará el momento en el que alguien dirá que lo ahora ocurre, no ocurrió. Y en algún colegio un estudiante pensará que es imposible que vuelva a suceder.

Aunque ayuda, no hace falta creer en Dios para confiar en la posibilidad de un mejor mañana. Solo hace falta conocer la historia. Y hace falta enseñarla… para que no se repita.

TODASANA

Venezuela más paraíso que infierno

Teniendo el mapa del mundo frente a los ojos, se puede notar que en una de las Américas, la del sur, hay un país conocido como Venezuela, cuya capital es Caracas. A unas dos horas de Caracas, pasando La Guaira, se encuentra un pueblito llamado Todasana.

Estoy segura de que todo el que me lee conoce perfectamente la ubicación geográfica y otros detalles del país en cuestión, de su capital y muchos habrán ya visitado las playas de La Guaira. Sin embargo, puedo adivinar que el porcentaje de personas que han ido a Todasana es mucho menor.

Yo había escuchado hablar del lugar y su encanto en repetidas oportunidades pero jamás tuve particular interés en comprobarlo yo misma; sin embargo, por cuestiones de suerte, ahí llegué.

Todasana es paisaje desde el principio: emprendes tu viaje y, como recompensa, verás durante todo el camino el mar a un lado y la montaña del otro. En algunos puntos, mar en ambos polos y, siempre, un cielo espectacular.

Mar y río, río y mar. Ríos por todas partes al llegar. Y mar.

Gente bonita por donde te metas. Alegres y despreocupados. Venden los frutos de esa tierra increíblemente fértil que hace que los árboles tengan proporciones mayores a las habituales. Venden pescados recién sacados del mar. Y del río.

A la orilla de la playa la vida es fiesta. Bailan tambor, bailan salsa, bailan merengue, reguetón, lo que les pongan. Se mueven con ritmo particular, como si la música más bien saliera de ellos.

Te dan seguridad y se siente, se ve escrito en las paredes “si jodes te jodemos” y parece que funciona porque nadie jode.

El ambiente suele ser fresco por la abundancia de vegetación. El calor de la tarde se combate fácil, tienes distintas opciones. Yo elegí meterme en el río. Me sumergí completa en la naturaleza pura para que me bautizara.

Luego me quedé inmóvil, solo con la cara fuera del agua, mirando al cielo repleto de verde, tupido de hojas y de ramas, salpicado por los rayos del sol que se colaban por donde podían.

Noté un movimiento y reconocí un cuerpito marrón y unos ojitos que me miraban con desconfianza, como si tuvieran la capacidad de escudriñar mi alma y descubrir si yo representaba una amenaza.

“No hay peligro” creo que les dijo a sus amigos. Y aparecieron más como él: una manada. Montón de monitos expertos en saltar en las alturas, entre las ramas de las matas que están en ambas orillas del río y que se conectan entre sí.  Pasaron al otro extremo y se quedaron unos minutos comiendo mangos, hasta que, saciados, hicieron su camino de regreso.

Mientras todo esto ocurría, yo estaba abajo; dedicada en silencio a observar y a agradecer por la experiencia. Protegida por el río del clima tropical. En medio del paraíso. Respirando aire de mar, del caribe. Cubierta de agua dulce y pura.

Reviviendo.

Gracias, Todasana.

LIBERTAD

 La imagen puede contener: una o varias personas, cielo y exterior

Tu ausencia sería condena

La peor

y no la admito

Pues quererte no es pecado

Mucho menos es delito.

Si te vas

Qué esclavitud

Sin ti mi cuerpo:

El exilio.

Sometiéndome a un dolor

Sin ningún tipo de alivio.

Mi libertad es contigo

Para mi felicidad

tú bastas

Junto a ti

quiero un destino

Si tú estás, nada me falta.

 

JUVENTUD AL SUELO

Sin sospechar el efecto,

cantaste el himno en la escuela,

no sabías que cada letra se te quedaría en la sangre

y que se te prensarían las venas

cuando escucharas afuera,

por cualquier casualidad,

la melodía de tu hogar.

Te aprendiste de memoria tres colores,

siete estrellas,

un escudo que brillaba con el oro,

un caballo que jugaba entre la arena.

Dibujaste con tus manos las fronteras

de un lugar que fue llamado “Venezuela”

País libre y soberano desde tiempos de Angostura,

con lluvias de democracia

y charcos de dictadura.

 

Respetaste cada nombre

de los hombres que te dieron libertad.

Soñaste un mejor país

donde el hambre no doliera,

donde no ondeara otra tela

que no fuera tu bandera.

Donde la tierra que pisaras fuera tuya,

tuya por ser de tu tierra.

Donde no mandara nunca una potencia extranjera.

 

Empezaste a vivir con el estreno de un siglo

Eras apenas un niño

Cuando comenzó el discurso sobre ataques desde afuera.

 

Pero te surgió la duda:

¿el ataque es desde afuera?

¿Por qué un gobierno tan bueno habla pero nunca escucha?

Te supiste sin opción

Y decidiste hacerte parte de la lucha.

 

Cubriste tu cara y expusiste el pecho a las bombas y a las balas

Confiando cada segundo a la suerte

Pero al instante siguiente ya no más

Entre una nube de gas

Nació un río de sangre caliente

Y cayó tu cuerpo inerte

 

Tu coraje fue una ofensa

Los trajes verdes te lanzaron a la muerte.

 

Lloran las madres

llora el futuro

llora el presente

 

Al contemplar que la tierra va cubriendo tu ataúd

Que va al suelo de tu patria

La flor de su juventud.

VALIENTE

A continuación diré una frase cliché: hay héroes que no tienen capa. Yo conozco a varios pero en particular a uno: mi papá. Jamás lo escribo, jamás lo digo y creo que es hora de acabar con el “jamás” porque no se sabe nunca cuando dejará de ser opción decirlo o no. Así, pues, aprovecho esta ocasión en que puedo.

Tengo recuerdos de él, de cuando era niño. Los tengo porque sus historias, que no son fáciles de escuchar, ya que habla poco del pasado, me tocaron el alma inmediatamente después de que llegaron a mis oídos. Y se quedaron ahí. Así que lo recuerdo como si lo hubiera visto.

Lo veo chiquito, jugando con su perro Otelo, comiendo mangos que él mismo tomaba de las matas, yendo al colegio con su hermanito mayor. Ayudando a su mamá en cualquier cosa, leyendo con su abuelo Esteban, soñando con una pistolita de juguete.

Lo veo un poco más grande, frente a un libro y una vela, con su amor por la lectura, tal vez soñando sin darse cuenta de que lo tenía prohibido. Seguro que ya se lo habían dicho y seguramente, también, escuchó con respeto y lo asumió como una opinión, solo eso. Quizá porque nació sabiéndose águila aunque le dijeran polluelo.

No se dejó cortar las alas porque sabía que podía volar: estaba en su naturaleza. Siguió soñando, siguió creyendo. Se subió en la primera montaña que apareció y se lanzó al vacío. Y lo logró, voló. Y las alas le alcanzaron para recorrer el mundo, para aprender cinco idiomas, para hacer cinco carreras. Fueron suficientes para volver con su madre y reportarse como el hijo que no olvida, que agradece, el hijo que crece para dar la mano desde arriba y ayudar a subir.

El café es lo que corre por las venas de mi padre –de todas las cestas que cargó cuando muchacho en la hacienda del abuelo. No es azul su sangre, es mejor, de la más noble. Tiene la sangre bendita de los valientes, de los que se atreven a soñar y lo hacen, sueñan. De los que logran sus metas, de los pensadores, de los sabios. De los buenos, de los que lloran por el dolor ajeno. De los que creen en la gente pero sobre todo, de los que creen en ellos mismos.

Gracias por el ejemplo: seguir soñando, seguir luchando, seguir creyendo. Siempre seguir.

Cuando deje de quererte

No preguntes cosas que no digo

No me pidas más de lo que doy

No te atrevas a soñar conmigo

No quiero un futuro para dos.

Más vale el despecho de unas horas

Que el de la costumbre de los años

No hay duda de que te quiero

Pero querer, con el tiempo, causa daño.

Adiós. Lo dirás tú o lo diré yo

Seguro es que lo diremos.

Si lo dices tú, yo no diré más que “suerte”.

Y ojalá que vuelva a verte.

Si lo digo yo, que me bendiga el destino,

Que  me aleje de la muerte

Que me dirija el camino

Hasta que un día vuelva a verte

Cuando ya tenga el coraje

Cuando deje de quererte.

El discurso de Canova

No leyó, únicamente tenía una hojita donde -supongo-  anotó las cosas que no quería dejar pasar. Sus palabras fueron distintas a lo que suele escucharse. Fueron distintas por dos cosas: porque fueron sinceras y porque fueron contrarias a lo que se esperaba.

La sinceridad se hizo evidente puesto que nadie se arriesga a pronunciar un discurso capaz de generar tanta polémica, el día de una graduación, delante de tanta gente, si no se está realmente convencido de lo que se dice.

En efecto, este profesor, tuvo la valentía de expresar lo que tal vez muchos piensan, pero nunca dirían en voz alta fuera de su casa. Yo estuve de acuerdo con la opinión del orador y es por ello que he creído conveniente hacer llegar  la esencia de su discurso a todos aquellos que no pudieron escucharlo.

Comenzaré por lo que no dijo para llegar a lo que sí. No dijo que nos quedemos a dar la vida por la patria, porque ella necesita de sus jóvenes para poder salir adelante. Más bien, que siguiéramos nuestro corazón en la toma de las decisiones que vendrían, y que si sentíamos que tendríamos más felicidad y mejor calidad de vida afuera, partiéramos sin remordimiento. Porque lo que sí se necesita es gente realizada personalmente, gente que luego pueda volver con verdaderas posibilidades de sumar.

La situación que se vive en Venezuela no es una cosa que pueda sobrellevar cualquiera y, por lo tanto, quedarse podría significar estancamiento e infelicidad, y de esa manera no se estaría ayudando a nadie: ni a nosotros, ni al país.

Por otro lado, para quienes quieren permanecer aquí teniendo la certeza de que su presencia será de ayuda o más aún, se consideran absolutamente indispensables para generar el cambio que se necesita, entonces, evidentemente deben quedarse.

Canova, nos recomendó hacer de nuestra existencia la mejor obra. Eso implica manejarnos con honradez, ser honestos para poder dormir bien -porque claro que el sueño es fundamental para ser felices- y además, para que cuando lleguen los últimos años, cuando ya no haya tanto por hacer, estemos orgullosos de lo que construimos.

Me hizo reflexionar. Nuestra existencia es tan corta y la historia del país tan larga. Y solo contamos con una vida por persona. Nacimos con el derecho de vivir según nuestros principios, siempre que con ello no dañemos a nadie.

El pueblo venezolano es permanente, no obstante, los individuos que lo componen son pasajeros, efímeros. Puesta una lupa sobre la masa, se pueden divisar sujetos con sueños, intereses e ilusiones.

Pensar en “la patria” siempre ha traído problemas. Ese amor irracional ha hecho que se pierdan generaciones enteras en guerras, solo porque “alguien” dice que esto o aquello es lo mejor para ella. Y al final, la patria no le devuelve la vida al hijo, a la novia o al hermano. No lo hace.

El amor que sentimos por el lugar donde nacimos y crecimos, en el que han sido fabricados la mayoría de nuestros recuerdos, es natural, es hermoso y es un privilegio que no todo el mundo tiene. De manera que es lógico que tantos quieran permanecer y dedicar el propio tiempo, sirviendo –de la manera que sea- a su tierra.

Sin embargo, hay que entender que el amor por un país no elimina el derecho que tenemos de seguir con nuestra vida y, mucho menos, nos atribuye superioridad moral para imponer, a alguien más, obligación alguna.

En determinadas circunstancias –y no es una decisión nada fácil- se tiene que elegir buscar otro destino con la esperanza de crear un mundo nuevo, propio. Es por ello que mucha gente se va de Venezuela… aunque sin dejarla.

Y son valientes. Valientes como los que nos quedamos.

Felicidad Alquilada

Yo pensé que sería la única… pero no.

Cuando me pidieron el favor de que fuera a la verdulería que está cerca de la casa a buscar los desechos, las sobras, lo que nadie compra, yo no vi ningún problema. No pensé que sería difícil porque no estaba detrás de nada muy codiciado, así que no habría competencia. Además, cada vez que voy, el dueño me incomoda con piropos y miradas fuera de lugar, de manera que molestarlo yo, por una vez, no me pareció un abuso.

Entré, le comenté el motivo de mi visita y no hubo ningún problema. Me mostró los sacos de basura y yo me acerqué para llenar las dos bolsas que tenía en las manos. Justo estaba amarrando la primera cuando se acercó un niño. Mi reacción fue preguntarle por qué hacía lo mismo que yo, pensé que si estaba ahí tal vez tenía motivos parecidos a los míos, es decir, usar aquello como abono.

En el momento en que le pregunté qué hacía, lo que pensé en realidad fue que posiblemente tendría conocimientos de agricultura y me podría ayudar a elegir de mejor manera. Su respuesta sí que no me la esperaba. Me dijo: esto sirve para complementar. Inmediatamente entendí a qué se refería.

Él estaba buscando su comida en el mismo sitio donde yo buscaba el alimento para las lombrices californianas. Me aparté y dejé que él escogiera primero. Luego decidí cambiar de lugar, me alejé y encontré otro saco de verduras podridas. Y entonces se me acercó una señora delgadísima a preguntarme qué había encontrado. La miré y respondí que no había nada que sirviera.

Ocurrió. Llegó el choque con la realidad cruda, esa de la que tanto leo y escucho pero que en realidad pocas veces veo de cerca. Es imposible que un evento como este no nos deje pensando… tal vez esto, en la historia de este país -incluso después del descubrimiento del petróleo-  no es algo que no haya ocurrido antes; sin embargo, que sea tan generalizado parece algo nuevo.  Ver el hambre en tantos rostros, en tantos cuerpos malnutridos, en las miradas tristes, se ha hecho común, cotidiano.

Incluso parece absurdo que en un país como Venezuela, comer, para mucha gente, se haya convertido en un lujo. Después de tanto despilfarro, sin ver, costaría creer lo que se está viviendo ahora. Los venezolanos hemos dejado de ser niños mimados y nos hemos convertido en huérfanos que necesitan buscar el pan por sus propios medios.

De una moneda devaluada, tenemos que cada bolívar cuenta para llenar el estómago, que la comida vale más de lo que nunca supimos, que las cosas cuestan. Nos estamos enterando ahora de que éramos felices y no lo sabíamos pero también de que era una felicidad regalada, casi inmerecida.

Teníamos una felicidad alquilada y ahora no hay cómo pagar la renta.

A pesar de mi madre, me gradué.

Me he sentado a descansar, tomando un café, luego de haber caminado por horas buscando el vestido para el acto de mi graduación. También me senté a esperar a mamá que se ha vuelto un poquito impuntual y va llegando tarde a nuestra cita. Me pregunto qué llegará contando para hacerme reír y lograr que deje pasar su falta. Esta vez no tendrá ni una gota de mi mal humor.

Con todo esto de los preparativos, la familia felicitándome y el orgullo que estoy sintiendo, se me ha pasado por la cabeza una idea, me he dado cuenta de que el logro ha sido muy a pesar de mi madre. Sí, tal cual como lo digo, porque la sentencia de muchas personas era distinta.

Ya saben, cuando alguien hace las cosas diferentes a como lo hace el común, suele generar críticas, y por supuesto que no se les hizo tan fácil aceptar, sin por lo menos manifestar contrariedad, que mi opinión ha tenido importancia desde el mismo momento en que aprendí a hablar, que era un miembro activo e importante en la toma de decisiones tanto familiares como personales.

Cosas muy pequeñas que lo han sido todo: escoger mi propia ropa, usar una media de un color y otra de otro porque dos iguales me parecía absurdo. Escuchar que las rayas que acababa de hacer en la pared eran una obra de arte, dignas de ser fotografiadas. Usar un disfraz de doctora y no de princesa. No ser grabada declamando, como mis hermanos.

Fui bautizada cuando lo consideré yo misma y los padrinos los escogí yo también. La religión nunca se me impuso a pesar de tener dos padres muy católicos. Nunca recibí un golpe, no tengo historias con las cholas de mi mamá. Creo que ni siquiera sabe pegar… siempre se sentaba conmigo a explicarme el motivo por el cual lo que yo había hecho estaba mal y les juro que unas nalgadas habrían dolido menos. Era efectivísimo, lo que fuera, no lo volvía a hacer, por convicción, nunca por miedo.

– “Charito, tú no les pones carácter a tus hijos, cuando sean grandes te van a pegar a ti”-. No se dejó llevar, no hubo un grito, no hubo un golpe. -“Los niños son inteligentes, pueden entender”-, esa era su respuesta.

A temprana edad comencé a tener la sospecha de que tenía la mejor madre del mundo. Mis amiguitos la adoraban y mis primitos querían que los adoptara. Yo no me quedaba atrás, era disciplinada, iba bien en el colegio, hacía deportes. Cumplía los requisitos. Pero luego empezó el drama, porque vamos, todos tenemos de eso.

Me di cuenta de que me sentía atraída por una niña y nada que hacer, en esas condiciones, hiciera lo que hiciera, nunca lograría ser un orgullo para ella. No era raro escuchar a alguna de mis tías diciendo que prefería una hija puta que lesbiana. Y mamá creció entre gente conservadora, yendo a la iglesia, siendo católica, tal vez ni se imaginaba que dos mujeres pudieran tener algo distinto a la amistad. Pero tonta no es, se dio cuenta, aunque no dijo nada. No hasta que fue indispensable hablar.

Le pedí perdón pero no lo hizo, porque no había nada que perdonar. Porque yo no estaba haciendo nada malo, no dañaba a nadie, no era una criminal. No había nada que perdonar porque sin importar como yo fuera ella me iba a amar más que a nada en el mundo. Me abrazó y lloró conmigo, entonces confirmé mi sospecha: es la mejor madre del mundo.

Cuando terminé el colegio, quería estudiar Comunicación Social y se ilusionó muchísimo con la idea de tener una hija periodista. Pero luego quise estudiar Derecho y  entonces se enamoró de la idea de tener una hija abogada.

Y fueron cinco años de carrera en los que me veía estudiar y me hacía té o café, comida. Me tocaba la frente con sus manitos frías para que yo me relajara. Y decía: “mi amor, tú estudias demasiado, ¿por qué no te acuestas un rato?”. Cuando me veía confundida me decía que si no quería seguir estudiando eso, me saliera.

Me causa gracia. Por eso digo que me gradué a pesar de ella, porque si me veía en dificultades me invitaba a abandonarlo todo, protegiéndome como si fuera un bebé. Pero no lo hice nunca, ni siquiera lo consideré. Porque ya sabía que las dificultades se superan siempre y eso me lo enseñó ella.

Porque desde que yo era niña, cada vez que había un problema, ella resolvía, con una sonrisa, al mejor estilo de “La vida es bella”. Siempre maquillando todo para que mi mundo fuera bonito. Aprendí que si mi mamá podía resolver todo, yo también podía. Así que siempre continúo y no me permito dejar las cosas a la mitad. “Todo se resuelve, confía en mamá”, es lo que me viene a la mente cuando algo no marcha como quiero. Y ahora lo sé: todo se resuelve. Confío.

Horas de la noche

horas

Horas de la noche,

sepan que han dejado de bastar.

Pues si estoy con ella, ustedes se hacen polvo.

 

No me deja dormir

pero me enseña a soñar.

Cuando no está ella,

duran lo que siempre,

a veces, incluso, creo que tardan más

pero si aparece, inmediatamente

el tiempo se escapa,  se vuelve fugaz.

Caminen más lento, nadie las espera

que la luz del día duerma un rato más

siéntense un momento a contar estrellas

no me hagan más guerra, firmemos la paz.

Sonriendo, con ella

las noches en vela

es culpable de que yo no duerma

y aún así, confesaré:

sigo queriendo que vuelva.

Canto de pájaros

Olor a café

Ruido de ciudad

Y me doy cuenta: ¡se han ido!

si ella regresa, quédense un poco más,

es el  favor que les pido.

Tal Vez

 

Tal vez tu sospecha es cierta

y aún te quiero para mí

Tal vez no tenerte cerca

me haga pensar más en ti

Tal vez me muero de ganas

de escribirte y de llamarte

de fingir que no te has ido

y sigues estando aquí.

Tal vez lo que sientes tú

también lo siento por ti

Tal vez tu sospecha es cierta

pero tal vez no es así.

Así que bota las dudas

y pídeme un no o un sí

porque no hay cosa más mala

que guardarse una pregunta

entre la boca y el pecho

cuando se quiere decir

No ganas nada guardando

palabras que has pensado para mí

Elimina ese tal vez

haz que sea no o sí

porque tu sospecha es cierta…

pero tal vez no es así.